Entre la gente que había ido
a Jerusalén a adorar durante la fiesta, había algunos griegos. Éstos se
acercaron a Felipe, que era de Betsaida, un pueblo de Galilea, y le rogaron: Señor,
queremos ver a Jesús. Felipe fue y se lo dijo a Andrés, y los dos fueron a
contárselo a Jesús. Jesús les dijo entonces: Ha llegado la hora en que el Hijo
del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo al caer
en tierra no muere, queda él solo; pero si muere, da abundante cosecha. El que
ama su vida, la perderá; pero el que desprecia su vida en este mundo, la
conservará para la vida eterna. Si alguno quiere servirme, que me siga; y donde
yo esté, allí estará también el que me sirva. Si alguno me sirve, mi Padre lo
honrará. ¡Siento en este momento una angustia terrible! ¿Y qué voy a decir?
¿Diré: “Padre, líbrame de esta angustia”? ¡Pero precisamente para esto he
venido! Padre, glorifica tu nombre. Entonces se oyó una voz del cielo, que
decía: «Ya lo he glorificado, y lo voy a glorificar otra vez.» La gente que
estaba allí escuchando, decía que había sido un trueno; pero algunos afirmaban:
Un ángel le ha hablado. Jesús les dijo: No
fue por mí por quien se oyó esta voz, sino por ustedes. Éste es el momento en
que el mundo va a ser juzgado, y ahora será expulsado el que manda en este
mundo. Pero cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo. Con
esto daba a entender de qué forma había de morir.
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Juan 2, 13-25
Como ya se acercaba la
fiesta de la Pascua de los judíos, Jesús fue a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de
novillos, ovejas y palomas, y a los que estaban sentados en los puestos donde
se le cambiaba el dinero a la gente. Al
verlo, Jesús tomó unas cuerdas, se hizo un látigo y los echó a todos del
templo, junto con sus ovejas y sus novillos. A los que cambiaban dinero les
arrojó las monedas al suelo y les volcó las mesas. A los vendedores de palomas les dijo: ¡Saquen
esto de aquí! ¡No hagan un mercado de la casa de mi Padre! Entonces sus discípulos se acordaron de la
Escritura que dice: «Me consumirá el celo por tu casa.» Los judíos le preguntaron: ¿Qué prueba nos das
de tu autoridad para hacer esto? Jesús
les contestó: Destruyan este templo, y en tres días volveré a levantarlo. Los judíos le dijeron: Cuarenta y seis años se
ha trabajado en la construcción de este templo, ¿y tú en tres días lo vas a
levantar? Pero el templo al que Jesús se
refería era su propio cuerpo. Por eso,
cuando resucitó, sus discípulos se acordaron de esto que había dicho, y
creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús. Mientras Jesús estaba en Jerusalén, en la
fiesta de la Pascua, muchos creyeron en él al ver las señales milagrosas que
hacía. Pero Jesús no confiaba en ellos,
porque los conocía a todos. No
necesitaba que nadie le dijera nada acerca de la gente, pues él mismo conocía
el corazón del hombre.
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Mateo 2, 1-12
Jesús nació en Belén, un
pueblo de la región de Judea, en el tiempo en que Herodes era rey del país.
Llegaron por entonces a Jerusalén unos sabios del Oriente que se dedicaban al
estudio de las estrellas, y preguntaron:
¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos salir su estrella y
hemos venido a adorarlo. El rey Herodes
se inquietó mucho al oír esto, y lo mismo les pasó a todos los habitantes de
Jerusalén. Mandó el rey llamar a todos
los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley, y les preguntó dónde
había de nacer el Mesías. Ellos le
dijeron: En Belén de Judea; porque así lo escribió el profeta: “En cuanto a ti,
Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre las principales
ciudades de esa tierra; porque de ti saldrá un gobernante que guiará a mi
pueblo Israel.” Entonces Herodes llamó
en secreto a los sabios, y se informó por ellos del tiempo exacto en que había
aparecido la estrella. Luego los mandó a
Belén, y les dijo: Vayan allá, y averigüen todo lo que puedan acerca de ese
niño; y cuando lo encuentren, avísenme, para que yo también vaya a rendirle
homenaje. Con estas indicaciones del
rey, los sabios se fueron. Y la estrella que habían visto salir iba delante de
ellos, hasta que por fin se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. Cuando los sabios vieron la estrella, se
alegraron mucho. Luego entraron en la
casa, y vieron al niño con María, su madre; y arrodillándose le rindieron
homenaje. Abrieron sus cofres y le ofrecieron oro, incienso y mirra. Después, advertidos en sueños de que no debían
volver a donde estaba Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
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