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El Espíritu en acción

En su inesperada aparición vespertina a los discípulos el día de su resurrección, Jesús les da la paz, su misión, su Espíritu y el poder de perdonar pecados.
El contraste entre la situación de antes y después del don del Espíritu es muy fuerte. Antes estaban con miedo, tristeza, puertas cerradas, duda, silencio, clandestinidad. Después: valor, alegría, apertura, paz, fe y seguridad. Hablaban lenguas diversas pero todos les entendían porque hablaban el lenguaje del amor. Una vez bautizados con el Espíritu Santo, es visible en ellos la fuerza y el dinamismo. Se transformaron en apóstoles y testigos de Cristo. En el Cenáculo hubo ruido, viento, lenguas de fuego, signos de la presencia de Dios. El Espíritu Santo es el defensor, el abogado, el unificador, el animador, es quien acusa al mundo de su corrupción y desenmascara la hipocresía y la mentira.
El Espíritu actúa mediante la diversidad de carismas, servicios y funciones. La pluralidad de carismas y ministerios en la comunidad cristiana es tan normal y necesaria como la diversidad de miembros y funciones en el cuerpo humano, a cuya semejanza entiende san Pablo la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo. El Espíritu es variedad, es riqueza. Por eso hay que respetar a cada uno con su carisma y personalidad.
La diversidad de los carismas auténticos no rompe la unidad. Hay quienes son llamados al matrimonio, otros al sacerdocio o a la vida religiosa, otros a la educación, la atención a los enfermos, etc. Cada uno tiene unos carismas especiales.
La diversidad de carismas no es para el enfrentamiento y la competencia, sino para la unidad y la riqueza de todos. No al egoísmo, sí a la servicialidad y a la generosidad. Y al comunicarnos con nuestros hermanos utilicemos siempre el lenguaje del amor. Todos nos entenderán. J. M.
...les mostró las manos y el costado.  Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, junio 8 del año 2014

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¿Quién llenará nuestro vacío?

Los cristianos no deben sentirse nunca abandonados, porque el vacío dejado por la muerte de Jesús ha sido llenado por la presencia viva del Espíritu que habita en nosotros y nos enseña el arte de vivir de verdad. Lo que configura la vida de un verdadero creyente no es el ansía de placer, ni la obediencia a una ley, sino la búsqueda de la verdad con un corazón limpio, animado por el Espíritu o Paráclito. 
Paráclito significa: defensor, protector, asistente, maestro, abogado, unificador, animador e iluminador de la fe de cada uno. Él nos recuerda todo lo dicho por Jesús, es el testigo garante de la auténtica fe, es el acusador del mundo corrupto que ha rechazado a Jesús, el que desenmascara el sistema diabólico de su pecado. 
Ser cristiano no es un peso que oprime. Es dejarse guiar por el amor creador del Espíritu que vive en nosotros y nos hace vivir con entusiasmo. Es alguien que, bajo el impulso creador y gozoso del Espíritu, aprende el arte de vivir con Dios y para Dios. El peligro está en no creer en el Espíritu, en no aceptar su presencia, pasando a vivir con miedo y cerrando las puertas a Dios y a nuestros hermanos, haciendo de la vida algo pesado y sin sentido.
Sin fe en el Espíritu vivimos empobrecidos. Para vivir de una manera más humana y digna necesitamos esa energía interior capaz de animar nuestra vida que procede del Espíritu. 
Vivir la paz que Jesús nos desea, implica ser constructores de una nueva humanidad. Si nunca ha perdido sentido este mensaje y promesa de Jesús, hoy parece tener una vigencia especial. El mundo, nuestra sociedad están llenos de violencia, y cada uno de nosotros sigue anhelando ese don precioso de Jesús que es la paz. J. M.

Dentro de poco el mundo ya no me verá; pero ustedes sí me verán, porque como yo tengo vida, también ustedes la tendrán.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, mayo 25 del año 2014

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