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¿TENEMOS DEMASIADOS MIEDOS?

Jesús va en una barca con sus discípulos. De pronto se desata una tempestad y el miedo los invade; asustados gritan: "¿No te importa que nos hundamos?". Jesús está descansando, pero ante el peligro actúa de inmediato, ordenando: "¡Cállate, enmudece!". Y luego exhorta a los discípulos: "¿Porqué son tan cobardes?".
Ir a la otra orilla significa afrontar una nueva realidad. Las olas simbolizan poderes demoníacos que nos quieren avasallar, pero Jesús las domina. Él, aunque a veces parezca ausente, está siempre atento para que no nos hundamos ni perdamos la calma. Para no ser absorbidos por las fuerzas del mal tenemos que despertar a Jesús, acudir a Él renovando nuestra confianza en su presencia y en el poder de su palabra.
Muchas veces vamos a la deriva, angustiados y con demasiados miedos. Miedo al futuro, al qué dirán, a que las cosas no resulten bien; miedo a sí mismos, al compromiso, a los riesgos, a las decisiones; buscamos sólo falsas seguridades. Pero cuando estamos a punto de hundirnos volvemos la mirada a Jesús y le gritamos: ¡Señor, sálvanos!
Necesitamos reafirmar nuestra fe en Jesús. Fe que es motivo de esperanza y que nos lleva a confiar en la vida. Fe que es apertura de ánimo, apertura a la vida, apertura al hermano que sufre. ¿Extendemos la mano al hermano en dificultad?
No podemos vivir a la deriva, ni sólo buscando el calmante que más nos conviene, tampoco permitir que nos invada la cobardía. Jesús nos acompaña en medio de nuestras múltiples ocupaciones y proyectos, fracasos y aspiraciones, cansancios y esperanzas, frustraciones y anhelos. Él puede calmar nuestras tempestades, aunque parezca ausente. Jesús siempre nos dirá: ¡Ánimo, no tengas miedo! Y la calma volverá. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, junio 21 del año 2015

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FUERON A SU CASA Y SE QUEDARON CON ÉL

Juan Bautista, señalando a Jesús, dice: "Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo", e invita a la gente a seguirlo. Los discípulos descubren, creen, son tocados por la experiencia personal con Jesús. De hecho, fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. La mirada penetrante y amable de Jesús, sus palabras, el compartir y observar el ambiente de su casa, dejó en ellos una huella profunda.
Todos tenernos en nuestra vida —un día cualquiera a las "cuatro de la tarde"— un momento fuerte de encuentro con quien nos llena de entusiasmo, de esperanza y nos anima.
La pregunta de Jesús: "¿A quién buscan?" toca lo más profundo de nuestro ser. Y Jesús no se esconde ante quien lo busca honradamente. Se vuelve, invita y dice: "Sígueme". Dialoga, explica y facilita el encuentro.
En un mundo en que prima lo físico, lo corpóreo, lo material, nuestro testimonio de cristianos es indispensable y urgente. Alguien dijo que al mundo y al hombre actuales se le está agrandando él cuerpo y empequeñeciendo el espíritu. Por eso el papa Pablo VI decía: "El mundo actual necesita urgentemente un suplemento de alma”.
Hay un alarmante desajuste de criterios que se deduce de la influencia de los medios de comunicación. Los valores del espíritu se disuelven, se relativizan, cuando son remplazados por los criterios del mundo. El creyente debe estar alerta para no dejarse engañar, para disentir todo cuanto es indigno de los hijos de Dios, o le lleva a alejarse de Él, dándole la espalda. Para ser discípulos auténticos de Cristo necesitamos responder fielmente a su llamada, escuchar su palabra, tener plena disponibilidad, fidelidad y testimonio de vida. Cristo nos ha llamado por nuestro nombre para que seamos sus seguidores. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, enero 18 del año 2015

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SOY AMADO POR DIOS

Jesús  desciende a las aguas del río Jordán para ser bautizado por Juan. Esas aguas que son signo de lo caótico y del mal. Y Jesús entra en ellas, se enfrenta a su turbulencia recogiendo así todo el pecado y la miseria del mundo y de la condición humana. La misión de Jesús es quitar el pecado que oprime al mundo.
También nosotros hemos sido bautizados como Jesús, hemos sido ungidos por el Espíritu para anunciar la salvación, comunicando esperanza y alegría. Pertenecemos a la familia de Dios y nos configuramos con Cristo sacerdote, rey y profeta. Sin embargo, a veces nuestro bautismo es un mero acto social y no nos distingue ni nos identifica como cristianos.
Ser creyente no hace desaparecer de nuestra vida los conflictos, contradicciones y sufrimientos propios de lo cotidiano. Pero dentro de la fe cristiana hay una experiencia que da un sentido a todo, esto es: que Dios me ama tal como soy, porque estoy habitado y sostenido por Él, que es amor insondable y gratuito. Si no hacemos parte de esta experiencia, desconocemos la gratuidad y la santidad que nos da la presencia del Espíritu Santo. El sentido, la esperanza, la vida entera del creyente nace y se sostiene en la seguridad inquebrantable de sentirnos amados. A cada uno hoy también nos dice Dios:"Tú eres mi hijo amado".
¿Qué recibimos en el bautismo? La luz que es Cristo, quien con su palabra, su presencia y su ejemplo nos ilumina y nos invita a ser luz para los demás; el aceite con que hemos sido ungidos como sacerdotes, reyes y profetas; la vestidura blanca, es decir, la dignidad de hijos de Dios que debemos testificar con nuestra palabra y ejemplo de vida. El bautismo no es una carga sino un don inenarrable que Dios nos regala para nuestra alegría y nuestra plena identificación como cristianos auténticos. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, enero 11 del año 2015

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Lucas 2, 22-40

Cuando se cumplieron los días en que ellos debían purificarse según la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentárselo al Señor. Lo hicieron así porque en la ley del Señor está escrito: «Todo primer hijo varón será consagrado al Señor.» Fueron, pues, a ofrecer en sacrificio lo que manda la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones de paloma. En aquel tiempo vivía en Jerusalén un hombre que se llamaba Simeón. Era un hombre justo y piadoso, que esperaba la restauración de Israel. El Espíritu Santo estaba con Simeón,  y le había hecho saber que no moriría sin ver antes al Mesías, a quien el Señor enviaría.  Guiado por el Espíritu Santo, Simeón fue al templo; y cuando los padres del niño Jesús lo llevaron también a él, para cumplir con lo que la ley ordenaba,  Simeón lo tomó en brazos y alabó a Dios, diciendo:  «Ahora, Señor, tu promesa está cumplida: puedes dejar que tu siervo muera en paz. Porque ya he visto la salvación  que has comenzado a realizar a la vista de todos los pueblos,  la luz que alumbrará a las naciones y que será la gloria de tu pueblo Israel.»  El padre y la madre de Jesús se quedaron admirados al oír lo que Simeón decía del niño.  Entonces Simeón les dio su bendición, y dijo a María, la madre de Jesús: Mira, este niño está destinado a hacer que muchos en Israel caigan o se levanten. Él será una señal que muchos rechazarán,  a fin de que las intenciones de muchos corazones queden al descubierto. Pero todo esto va a ser para ti como una espada que atraviese tu propia alma.  También estaba allí una profetisa llamada Ana, hija de Penuel, de la tribu de Aser. Era ya muy anciana. Se casó siendo muy joven, y había vivido con su marido siete años;  hacía ya ochenta y cuatro años que se había quedado viuda. Nunca salía del templo, sino que servía día y noche al Señor, con ayunos y oraciones.  Ana se presentó en aquel mismo momento, y comenzó a dar gracias a Dios y a hablar del niño Jesús a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.  Después de haber cumplido con todo lo que manda la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su propio pueblo de Nazaret.  Y el niño crecía y se hacía más fuerte, estaba lleno de sabiduría y gozaba del favor de Dios.

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EL CALOR HUMANO DE LA FAMILIA

Quienes ven el cumplimiento de las promesas divinas bendicen y alaban a Dios y lo manifiestan llenos de fe y esperanza, como Simeón y Ana que tuvieron la dicha de tener en sus brazos al Salvador, Jesús.
Después de la presentación de Jesús en el templo y de haber cumplido con lo que prescribe la ley del Señor, María, José y el Niño regresan a Nazaret y se integran a sus actividades cotidianas. Allí, en Nazaret, Jesús crece, madura, trabaja con sus padres, se fortalece, se llena de sabiduría y es apreciado por todos.
¡Qué hermoso don nos ha dado Dios con la familia! Es en el hogar, en el seno familiar, donde se experimenta más intensamente el calor humano; es el lugar privilegiado y adecuado para vivir la gracia y el amor de Dios. De nuestros padres recibimos el afecto, los cuidados, la ternura, las enseñanzas. Sin embargo, constatamos que hay tantos niños sin padres, sin cariño ni amor, deambulando por las calles, expuestos al peligro, al maltrato, al abuso... Y lo más grave es que muchas veces cerramos los ojos ante esta realidad, evadimos la responsabilidad que tenemos como cristianos de velar por el bien de los débiles y necesitados.
Agradezcamos a Dios porque tenemos una familia, un lugar donde crecer, sentirnos seguros y a gusto. Démosle gracias por nuestros familiares y amigos. Por tantas personas que nos han acompañado desde nuestra niñez y nos ayudan a llevar una vida normal, que nos respetan y nos animan a abrir horizontes y a vivir con esperanza y dignidad.
Podemos viajar mucho, conocer lugares y realidades diferentes, pero sólo cuando regresamos y nos encontramos de nuevo en el hogar nos damos cuenta que el calor humano y el amor verdadero se encuentran en el ámbito de nuestras familias. Así como lo fue para Jesús la presencia de José y María en su niñez y juventud, valoremos y defendamos nuestras familias. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, diciembre 28 del año 2014

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Juan 1, 1-18

En el principio ya existía la Palabra; y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios.  Él estaba en el principio con Dios.  Por medio de él, Dios hizo todas las cosas; nada de lo que existe fue hecho sin él.  En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad.  Esta luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla. Hubo un hombre llamado Juan, a quien Dios envió  como testigo, para que diera testimonio de la luz y para que todos creyeran por lo que él decía.  Juan no era la luz, sino uno enviado a dar testimonio de la luz.  La luz verdadera que alumbra a toda la humanidad venía a este mundo. Aquel que es la Palabra estaba en el mundo; y, aunque Dios hizo el mundo por medio de él, los que son del mundo no lo reconocieron.  Vino a su propio mundo, pero los suyos no lo recibieron.  Pero a quienes lo recibieron y creyeron en él, les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios.  Y son hijos de Dios, no por la naturaleza ni los deseos humanos, sino porque Dios los ha engendrado. Aquel que es la Palabra se hizo hombre y vivió entre nosotros. Y hemos visto su gloria, la gloria que recibió del Padre, por ser su Hijo único, abundante en amor y verdad.  Juan dio testimonio de él, diciendo: «Éste es aquel a quien yo me refería cuando dije que el que viene después de mí es más importante que yo, porque existía antes que yo.» De su abundancia todos hemos recibido un don en vez de otro;  porque la ley fue dada por medio de Moisés, pero el amor y la verdad se han hecho realidad por medio de Jesucristo.  Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, que es Dios y que vive en íntima comunión con el Padre, es quien nos lo ha dado a conocer.

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¡DIOS CREE EN EL HOMBRE!

¡Es Navidad! Dios se hace hombre, cercano, y viene a nuestro encuentro indefenso, pobre, desnudo, invitándonos al desprendimiento y a la búsqueda incansable de la paz. Dios se nos ofrece en la ternura de un Niño humilde y pacífico.
Su presencia entre nosotros es germen de alegría y esperanza en un mundo que se vuelve cada vez más inhumano por causa de la violencia. Es motivo de gozo contemplar la humanización de Dios y vivir la divinización del hombre.
Navidad no es festejar ruidosamente, dar grandes regalos, comida especial... sino compartir la felicidad del Dios-con-nosotros con nuestro hermano necesitado. El peligro está en que se realice en nosotros esa estremecedora afirmación de Juan:"La Palabra de Dios vino a su casa y los suyos no la recibieron".
Sólo después de haber encontrado un tesoro se vende gozosamente todo lo demás. Sólo cuando los oídos han captado la música, pueden los pies ponerse a danzar y a cantar: "Gloria a Dios y paz a los hombres que Él ama". Hay que acercarnos al ser humano, donde mora el Niño Dios, y ofrecerle abrigo, acogida y amor, como lo hizo María.
Acerquémonos, pues, a Belén para escuchar esa banda sonora de la vida de Jesús, que será la música de nuestra vida y nos dará la alegría y la paz. Allí escucharemos la voz de los pastores que nos dicen: "¡Paz a los hombres a quienes ama el Señor!".
Experimentemos hoy la complacencia de Dios, sintamos la alegría de su presencia, de ser objeto de su amor. Acerquémonos a Belén a tocar la debilidad de Dios, a experimentar cómo en medio de un mundo hostil, egoísta, orgulloso, Él hace presente su ternura, su humildad, en el cuerpo de un niño que se pone en nuestras manos. ¡Feliz Navidad para todos! J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, diciembre 25 del año 2014

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Juan 1, 6-8. 19-28

Hubo un hombre llamado Juan, a quien Dios envió como testigo, para que diera testimonio de la luz y para que todos creyeran por lo que él decía.  Juan no era la luz, sino uno enviado a dar testimonio de la luz. Éste es el testimonio de Juan, cuando las autoridades judías enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle a Juan quién era él.  Y él confesó claramente: Yo no soy el Mesías. Le volvieron a preguntar: ¿Quién eres, pues? ¿El profeta Elías? Juan dijo: No lo soy. Ellos insistieron: Entonces, ¿eres el profeta que ha de venir? Contestó: No. Le dijeron: ¿Quién eres, pues? Tenemos que llevar una respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué nos puedes decir de ti mismo?  Juan les contestó: Yo soy una voz que grita en el desierto: “Abran un camino derecho para el Señor”, tal como dijo el profeta Isaías.  Los que fueron enviados por los fariseos a hablar con Juan,  le preguntaron: Pues si no eres el Mesías, ni Elías ni el profeta, ¿por qué bautizas?  Juan les contestó: Yo bautizo con agua; pero entre ustedes hay uno que no conocen  y que viene después de mí. Yo ni siquiera merezco desatarle la correa de sus sandalias.  Todo esto sucedió en el lugar llamado Betania, al otro lado del río Jordán, donde Juan estaba bautizando.

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PROFETAS DE ALEGRIA Y ESPERANZA

¿Tú, quién eres?, le preguntan a Juan Bautista los emisarios de los judíos, intrigados por su personalidad. Él les dice sin arrogancia:"Yo no soy el Mesías, ni el profeta esperado, sino sólo una voz que grita en el desierto. Allanen el camino del Señor".
Juan es un profeta sincero. Su rectitud y coraje le costaron la vida por recriminar a Herodes su conducta inmoral al convivir con la mujer de su hermano Filipo. Además, Juan es una persona humilde y sensata que no se embriaga con el aplauso de la gente. Él sabe bien que su persona y su ministerio profético están al servicio de alguien superior: Jesús.
Los profetas pueden hacer sombra a los orgullosos, pero tienen la autoridad de la verdad y el testimonio de vida. Su autoridad brota de su interior y de su coherencia de vida. Juan no tiene nada que ocultar. Para el profeta vale más la verdad que la vida, y él sabe que poner en acto la verdad es arriesgado, pero es la única manera de ser testigo de la luz.
Los contemporáneos del Bautista necesitaban un testigo que les mostrara el fundamento de una esperanza segura. Juan les indica que esa seguridad está en Jesús, que es el "enviado" que viene a perdonar y curar las heridas del cuerpo y del corazón.
Ser mensajeros de alegría y esperanza es también tarea nuestra, pero ante el materialismo, el vacío interior, la desesperanza e indiferencia optamos por callar, manifestando que nadie nos escucha. Juan anuncia y da testimonio allí en el desierto donde corre el riesgo de no ser escuchado.
Allanar el camino del Señor significa "enterrar" el orgullo, el egoísmo, el afán de aplauso, la codicia, y disponernos con humildad y confianza para recibir de la forma más digna al Señor que viene. Hoy tenemos motivos para estar alegres, pues el Señor ya está en medio de nosotros. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, diciembre 14 del año 2014

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VOZ QUE GRITA EN EL DESIERTO

Juan es el profeta que vivió como nómada, en la austeridad y la privación, sin privilegios inútiles. Su dieta es muy sobria y su vestido modesto. No es una persona fascinante que capta simpatías. Nadie lo asumiría como jefe de relaciones públicas. Aparece en el desierto, no en un lugar placentero. Invita a la conversión, al cambio de vida, a liberarse de esclavitudes.
"Allanar el camino del Señor" significa dejar los vicios, el orgullo, la soberbia, la codicia, la injusticia, la explotación del pobre. Juan se reconoce con humildad como el predecesor, y por eso no habla de sí mismo sino del que viene detrás de él, del Mesías. Es la voz del desierto que anuncia a Jesús como Mesías. Tiene el coraje de denunciar la situación inmoral de Herodes por convivir con la esposa de un hermano suyo. Esto le costó la vida.
La Buena Noticia que nos trae alegría y esperanza, vida y perdón, se pregona en el desierto, ese lugar inhóspito, el lugar de la prueba y del encuentro, de la sed y la tentación.
El auténtico creyente no se refugia en el disfrute alocado del consumismo, no busca consuelo en un mundo artificial y engañoso, ni se hunde en el pesimismo. Él allana el camino del Señor, es decir, evita entrar en los caminos que no conducen a ninguna parte, y se esfuerza por liberarse de todo aquello que bloquea su crecimiento, su madurez, y que impide el progreso de un mundo más justo, humano y pacífico.
Igual que Juan, somos mensajeros del Mesías y de su buena noticia. Pero muchas veces callamos y no damos testimonio. Ante el vacío y la indiferencia, decimos que estamos "predicando en el desierto". Sin embargo, Juan dio testimonio y manifestó su mensaje a viva voz allí en el desierto, lugar del sufrimiento y la dureza de la vida. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, diciembre 7 del año 2014

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¿QUE HAY AL FINAL DE LA VIDA?

La muerte es una realidad que experimentamos con frecuencia. Su anuncio en la enfermedad, en la vejez, en los accidentes y en todo lo que es negación de la vida, constituye el más punzante problema del hombre y el mayor de los absurdos. Anhelamos una vida sin límite como máxima aspiración humana y nos sentimos profundamente frustrados cuando no obtenemos una explicación satisfactoria. ¿Es la muerte un final o un comienzo? ¿Nos espera otra vida o la nada? Y ante ella, ¿sentimos miedo, indiferencia, rebeldía, náusea o la esperamos con la serena esperanza de la inmortalidad?
Cristo resucitado es la única respuesta segura al interrogante de la muerte. Él es la razón última de nuestro vivir, morir y esperar. Así como Él se hizo igual en todo a nosotros y pasó por el trance de la muerte para alcanzar la vida eterna, el discípulo tiene que recorrer el mismo itinerario. Nosotros, estar incorporados a Él en su muerte y resurrección, participamos también por herencia de la vida futura. Si nuestra esperanza en Cristo acabara con la vida presente seríamos los seres más desgraciados, dice san Pablo.
Este día no debe estar impregnado por la tristeza o la melancolía, sino por un recuerdo esperanzador. La fe nos da la certeza de la comunión con nuestros seres queridos y la esperanza de que poseen ya la vida verdadera.
Jesús dijo:”Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá y no morirá para siempre”. La vida no termina, se transforma. Gracias a Cristo resucitado no somos seres para la muerte sino para la vida. Dios no es un Dios de muertos sino de vivos, afirmó Jesús. Hoy proclamamos con mucha fe y esperanza: "Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro". J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, noviembre 2 del año 2014

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LA ALEGRÍA DE ENCONTRAR EL TESORO

Los hijos son el tesoro de sus padres, la esposa es el tesoro del esposo y viceversa, el amigo verdadero es un tesoro. Pero el Reino de Dios es el tesoro absoluto que siempre debemos buscar. Es la base de nuestra alegre esperanza y el fundamento de nuestro compromiso con Dios y los hermanos. El Reino es fe, esperanza, es vida y amor. Jesús nos dijo:"Busquen sobre todo el Reino de Dios y su justicia; lo demás se les dará por añadidura".
Quien capta el secreto del Reino ha encontrado el tesoro escondido que le enseña a relativizar todo lo demás. Si hemos descubierto ese tesoro debemos irradiar alegría, esperanza y contagiar optimismo, pues el Reino es fermento de humanidad y de madurez en las relaciones con los demás. Por eso supliquemos:"¡Venga a nosotros, tu Reino, Señor!".
Los hombres y mujeres, buenos y justos, los que viven felices y se sienten realizados dejan una huella en la historia. Pero muchas veces la escala de valores que rige nuestra sociedad no nos ayuda a ser felices. Hay quienes están atrapados por engañosos tesoros   que los esclavizan y dividen, como el alcohol, la droga, la pasión incontrolada por el dinero y el poder, la lujuria, la buena vida. Por esos tesoros son capaces, incluso, de dar la vida. Pero son tesoros que no liberan, sino que esclavizan más y más, hundiéndonos en la vanidad y la mentira.
La vida y los talentos son tesoros que deben ser cuidados con responsabilidad, y entregados a Dios como "ofrenda agradable en su presencia". No hay nada más hermoso que descubrir que Jesús me considera un tesoro, y ver reflejado en sus ojos las múltiples facetas hermosas que solo Él podía haber observado en mí. Por eso descanso en el amor que Él me da. Como decía san Agustín: "Inquieto está mi corazón hasta que no descanse en ti". J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, julio 27 del año 2014

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La humildad, signo del cristiano

La sabiduría de Dios se contrapone con la "sabiduría" humana que, teniendo como paradigma el concepto occidental, la compara con el conocimiento y manejo de contenidos que una persona posee y que, en muchos de los casos, sirve para humillar y pisotear a los humildes y sencillos.
Para Dios la humildad y la sencillez constituyen los valores fundamentales que deben adornar a las personas, porque estás cualidades las vuelven más abiertas a la revelación de Dios y su mensaje de salvación y esperanza. El profeta Zacarías destaca la humildad del gobernante, y confirma la protección de Dios hacia la gente sencilla que busca por todos los medios acabar con la violencia y construir en la sociedad la justicia y la igualdad.
La prepotencia y soberbia de los que se creen sabios (o entendidos) no permiten construir relaciones pacíficas e igualitarias. Estas personas, dice el Apóstol, son aquellas que no poseen el Espíritu de Cristo, y, por lo tanto, no son aún cristianos y están esclavizados por el instinto, destinados a la muerte. Pero los que se dejan habitar por el Espíritu de Cristo, son libres, viven alegres y son capaces de reconocer en los demás el rostro humano y cercano de Dios, que revela las cosas "a los pequeños".
"Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra", debe ser la oración diaria de quien se siente comprometido con el anuncio del mensaje de salvación y esperanza a todos aquellos que la sociedad del consumo y la apariencia los ha dejado un lado. No se puede construir verdaderas relaciones humanas si no actuamos con humildad y sencillez. La soberbia se convierte en una carga que desgasta la vida y no permite acercarse al Señor para ser aliviados y confortados por Él. P. Z.
Vengan a mí todos los que están rendidos y agobiados, que yo los aliviaré.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, julio 06 del año 2014

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