Después que metieron a Juan
en la cárcel, Jesús fue a Galilea a anunciar las buenas noticias de parte de
Dios. Decía: «Ya se cumplió el plazo
señalado, y el reino de Dios está cerca. Vuélvanse a Dios y acepten con fe sus
buenas noticias.» Jesús pasaba por la
orilla del Lago de Galilea, cuando vio a Simón y a su hermano Andrés. Eran
pescadores, y estaban echando la red al agua. Les dijo Jesús: Síganme, y yo haré que ustedes
sean pescadores de hombres. Al momento
dejaron sus redes y se fueron con él. Un
poco más adelante, Jesús vio a Santiago y a su hermano Juan, hijos de Zebedeo,
que estaban en una barca arreglando las redes. En seguida los llamó, y ellos dejaron a su
padre Zebedeo en la barca con sus ayudantes, y se fueron con Jesús.
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Marcos 1, 7-11
En su proclamación decía:
«Después de mí viene uno más poderoso que yo, que ni siquiera merezco agacharme
para desatarle la correa de sus sandalias.
Yo los he bautizado a ustedes con agua; pero él los bautizará con el
Espíritu Santo.» Por aquellos días,
Jesús salió de Nazaret, que está en la región de Galilea, y Juan lo bautizó en
el Jordán. En el momento de salir del
agua, Jesús vio que el cielo se abría y que el Espíritu bajaba sobre él como
una paloma. Y se oyó una voz del cielo,
que decía: «Tú eres mi Hijo amado, a quien he elegido.»
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SOY AMADO POR DIOS
Jesús desciende a las aguas del río Jordán para ser
bautizado por Juan. Esas aguas que son signo de lo caótico y del mal. Y Jesús
entra en ellas, se enfrenta a su turbulencia recogiendo así todo el pecado y la
miseria del mundo y de la condición humana. La misión de Jesús es quitar el
pecado que oprime al mundo.
También nosotros hemos sido bautizados como Jesús,
hemos sido ungidos por el Espíritu para anunciar la salvación, comunicando
esperanza y alegría. Pertenecemos a la familia de Dios y nos configuramos con
Cristo sacerdote, rey y profeta. Sin embargo, a veces nuestro bautismo es un
mero acto social y no nos distingue ni nos identifica como cristianos.
Ser
creyente no hace desaparecer de nuestra vida los conflictos, contradicciones y
sufrimientos propios de lo cotidiano. Pero dentro de la fe cristiana hay una
experiencia que da un sentido a todo, esto es: que Dios me ama tal como soy,
porque estoy habitado y sostenido por Él, que es amor insondable y gratuito.
Si no hacemos parte de esta experiencia, desconocemos la gratuidad y la
santidad que nos da la presencia del Espíritu Santo. El sentido, la esperanza,
la vida entera del creyente nace y se sostiene en la seguridad inquebrantable
de sentirnos amados. A cada uno hoy
también nos dice Dios:"Tú eres mi hijo amado".
¿Qué
recibimos en el bautismo? La luz que es Cristo, quien con su palabra, su
presencia y su ejemplo nos ilumina y nos invita a ser luz para los demás; el aceite con que hemos sido ungidos como
sacerdotes, reyes y profetas; la
vestidura blanca, es decir, la dignidad de hijos de Dios que debemos testificar
con nuestra palabra y ejemplo de vida. El bautismo no es una carga sino un
don inenarrable que Dios nos regala para nuestra alegría y nuestra plena
identificación como cristianos auténticos. J.M.
Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, enero 11 del año 2015
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Juan 1, 6-8. 19-28
Hubo un hombre llamado Juan,
a quien Dios envió como testigo, para que diera testimonio de la luz y para que
todos creyeran por lo que él decía. Juan
no era la luz, sino uno enviado a dar testimonio de la luz. Éste es el
testimonio de Juan, cuando las autoridades judías enviaron desde Jerusalén
sacerdotes y levitas a preguntarle a Juan quién era él. Y él confesó claramente: Yo no soy el Mesías.
Le volvieron a preguntar: ¿Quién eres, pues? ¿El profeta Elías? Juan dijo: No
lo soy. Ellos insistieron: Entonces, ¿eres el profeta que ha de venir? Contestó:
No. Le dijeron: ¿Quién eres, pues? Tenemos que llevar una respuesta a los que
nos enviaron. ¿Qué nos puedes decir de ti mismo? Juan les contestó: Yo soy una voz que grita en
el desierto: “Abran un camino derecho para el Señor”, tal como dijo el profeta
Isaías. Los que fueron enviados por los
fariseos a hablar con Juan, le
preguntaron: Pues si no eres el Mesías, ni Elías ni el profeta, ¿por qué
bautizas? Juan les contestó: Yo bautizo
con agua; pero entre ustedes hay uno que no conocen y que viene después de mí. Yo ni siquiera
merezco desatarle la correa de sus sandalias. Todo esto sucedió en el lugar llamado Betania,
al otro lado del río Jordán, donde Juan estaba bautizando.
PROFETAS DE ALEGRIA Y ESPERANZA
¿Tú, quién eres?, le preguntan a Juan Bautista los
emisarios de los judíos, intrigados por su personalidad. Él les dice sin
arrogancia:"Yo no soy el Mesías, ni
el profeta esperado, sino sólo una voz que grita en el desierto. Allanen el
camino del Señor".
Juan es un profeta sincero. Su rectitud y coraje le
costaron la vida por recriminar a Herodes su conducta inmoral al convivir con
la mujer de su hermano Filipo. Además, Juan es una persona humilde y sensata
que no se embriaga con el aplauso de la gente. Él sabe bien que su persona y su ministerio profético están al servicio
de alguien superior: Jesús.
Los profetas pueden hacer sombra a los orgullosos,
pero tienen la autoridad de la verdad y el testimonio de vida. Su autoridad
brota de su interior y de su coherencia de vida. Juan no tiene nada que
ocultar. Para el profeta vale más la verdad que la vida, y él sabe que poner en
acto la verdad es arriesgado, pero es la única manera de ser testigo de la luz.
Los contemporáneos del Bautista necesitaban un
testigo que les mostrara el fundamento de una esperanza segura. Juan les indica que esa seguridad está en Jesús, que es el "enviado"
que viene a perdonar y curar las heridas del cuerpo y del corazón.
Ser mensajeros de alegría y esperanza es también
tarea nuestra, pero ante el materialismo, el vacío interior, la desesperanza e
indiferencia optamos por callar, manifestando que nadie nos escucha. Juan
anuncia y da testimonio allí en el desierto donde corre el riesgo de no ser
escuchado.
Allanar el
camino del Señor significa "enterrar" el orgullo, el egoísmo, el afán
de aplauso, la codicia, y disponernos con humildad y confianza para recibir de
la forma más digna al Señor que viene. Hoy
tenemos motivos para estar alegres, pues el Señor ya está en medio de nosotros.
J.M.
Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, diciembre 14 del año 2014
Marcos 1, 1-8
Principio de la buena
noticia de Jesús el Mesías, el Hijo de Dios. Está escrito en el libro del
profeta Isaías: «Envío mi mensajero delante de ti, para que te prepare el
camino. Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor; ábranle un
camino recto.”» Y así se presentó Juan
el Bautista en el desierto; decía a todos que debían volverse a Dios y ser
bautizados, para que Dios les perdonara sus pecados. Todos los de la región de Judea y de la ciudad
de Jerusalén salían a oírlo. Confesaban sus pecados, y Juan los bautizaba en el
río Jordán. La ropa de Juan estaba hecha
de pelo de camello, y se la sujetaba al cuerpo con un cinturón de cuero; y
comía langostas y miel del monte. En su
proclamación decía: «Después de mí viene uno más poderoso que yo, que ni
siquiera merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua; pero
él los bautizará con el Espíritu Santo.»
VOZ QUE GRITA EN EL DESIERTO
Juan es el
profeta que vivió como nómada, en la austeridad y la privación, sin privilegios
inútiles. Su dieta es muy sobria y su vestido modesto. No es
una persona fascinante que capta simpatías. Nadie lo asumiría como jefe de
relaciones públicas. Aparece en el
desierto, no en un lugar placentero. Invita a la conversión, al cambio de
vida, a liberarse de esclavitudes.
"Allanar
el camino del Señor" significa dejar los vicios, el orgullo, la soberbia,
la codicia, la injusticia, la explotación del pobre. Juan se
reconoce con humildad como el predecesor, y por eso no habla de sí mismo sino
del que viene detrás de él, del Mesías. Es
la voz del desierto que anuncia a Jesús como Mesías. Tiene el coraje de
denunciar la situación inmoral de Herodes por convivir con la esposa de un
hermano suyo. Esto le costó la vida.
La Buena
Noticia que nos trae alegría y esperanza, vida y perdón, se pregona en el
desierto, ese lugar inhóspito, el lugar de la prueba y del encuentro, de la sed
y la tentación.
El auténtico creyente no se refugia en el disfrute
alocado del consumismo, no busca consuelo en un mundo artificial y engañoso, ni
se hunde en el pesimismo. Él allana el camino del Señor, es decir, evita entrar
en los caminos que no conducen a ninguna parte, y se esfuerza por liberarse de
todo aquello que bloquea su crecimiento, su madurez, y que impide el progreso de
un mundo más justo, humano y pacífico.
Igual que
Juan, somos mensajeros del Mesías y de su buena noticia.
Pero muchas veces callamos y no damos testimonio. Ante el vacío y la indiferencia,
decimos que estamos "predicando en el desierto". Sin embargo, Juan
dio testimonio y manifestó su mensaje a viva voz allí en el desierto, lugar del
sufrimiento y la dureza de la vida. J.M.
Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, diciembre 7 del año 2014
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