A la madrugada, Jesús fue
hacia ellos caminando sobre el agua. Cuando los discípulos lo vieron andar
sobre el agua, se asustaron, y gritaron llenos de miedo: ¡Es un fantasma!. Pero
Jesús les habló, diciéndoles: “¡Calma, Soy yo: no tengan miedo!”. Entonces
Pedro le respondió: “Señor, si eres tú, ordena que yo vaya hasta ti sobre el
agua”. “¡Ven!” dijo Jesús. Pedro entonces bajó de la barca y comenzó a caminar
sobre el agua en dirección a Jesús. Pero al notar la fuerza del viento, tuvo miedo;
y como comenzaba a hundirse, gritó: “¡Sálvame, Señor!”. Al momento, Jesús lo
tomó de la mano y le dijo: “¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué dudaste?”. En cuanto
subieron a la barca, se calmó el viento. Entonces los que estaban en la barca
se pusieron de rodillas delante de Jesús, y le dijeron: “¡En verdad tú eres el
Hijo de Dios!”
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¿POR QUÉ TENEMOS MIEDO?
Todos experimentamos temores y angustias en
nuestra vida. Sentimos miedo y desconfianza de nosotros mismos, de la gente, de
la muerte, de nuestro destino; miedo a decidirnos o a equivocarnos. Y es ante
el temor que escuchamos la voz cálida de Jesús, que nos dice: "Ánimo, yo estoy contigo, no tengas
miedo".
Para creer en Dios, dice la Escritura, es
importante desechar nuestras seguridades tan "razonables", dejar la
tierra firme y caminar sobre las olas en medio de las tempestades de la vida.
Jesús nos brinda una confianza y certeza superiores a toda seguridad humana y
que no tienen nada que ver con las especulaciones de nuestro egoísmo. Cuando
desaparecen de nuestra vida los signos de Dios o falla el amor, la amistad, la
fidelidad, no hay respeto por la vida y la justicia; cuando el bien y la verdad
desaparecen y nos golpea una enfermedad o un accidente, entonces surgen las
crisis de fe, nos domina el miedo y aparece la desconfianza. En esas
circunstancias es justo el momento en que debemos decir como Pedro:"¡Sálvame, Señor!".
¿Por qué hemos dudado? Nos pregunta Jesús. Y respondemos: porque no tenemos la fe
suficiente, y si somos sinceros, debemos confesar que hay una gran distancia
entre el creyente que profesamos ser y el que somos en realidad.
Cuando un creyente, acosado por el miedo como
Pedro, grita: "Sálvame, Señor",
todo cambia en el fondo de su corazón y se despierta la confianza en Dios. Dios
es la mano amiga que nadie puede quitarnos. La fidelidad y la misericordia de
Dios están por encima de todo, incluso por encima de toda fatalidad o culpa. Lo
importante es saber levantar nuestras manos hacia Dios como gesto de súplica y
con entrega confiada.
Mateo nos describe hoy la verdadera fe al
presentar a Pedro caminando sobre las aguas, acercándose a Jesús. Necesitamos
apoyar nuestra existencia en Dios y no en nuestras propias razones o
seguridades. J.M.
Tomado
de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, agosto 10 del año 2014
Etiquetas:
Amor,
Cristo Jesús,
Dios Trino,
No tengas miedo,
Sálvame Señor
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