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¿A QUIÉN INVITO A MI MESA?

Jesús hoy se nos presenta como un hombre solidario que conoce el sufrimiento, el hambre y las aspiraciones del ser humano. Sabe que necesita alimento para su cuerpo y para su corazón. Por eso, al ver delante de si un numeroso grupo de personas que tienen hambre realiza ese maravilloso prodigio de la multiplicación de los panes.
Jesús no quiere calmar solamente el hambre físico, sino manifestarse también como el alimento que sacia todo tipo de hambre. Él es el pan vivo bajado del cielo.
En cada misa celebramos la “multiplicación de los panes”, donde Cristo se da como pan de vida para saciar el hambre de la comunidad y de toda persona.
Es urgente compartir más y mejor la fe, el amor, el pan y la riqueza del mundo, porque también hoy la gente tiene hambre y no sólo del pan material, sino hambre de autenticidad, de felicidad, de justicia, de paz, de dignidad, de derechos humanos; hambre de ternura y de amor auténtico.
Multiplicar hoy el pan para los pobres supone hacer primero el milagro de amar. Hay un pan que siempre todos podemos dar y que nadie rechaza: es el pan del amor.
Jesús no solamente sacó de pan material a aquellas personas hambrientas físicamente, sino que se entregó a sí mismo como alimento que sacia toda clase de hambre.
Jesús se compadeció de la gente extenuada y repartió en abundancia el pan del Reino a los pobres. Él invita también a su mesa eucarística a todos sus hijos como hermanos que participamos del mismo pan familiar.
Sólo cuando reconocemos que nuestros bienes son don del Padre a la humanidad podemos ponerlos al servicio de nuestros hermanos. ¿A quiénes invito a mi mesa? ¿A quiénes excluyo y por qué? J.M

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, julio 26 del año 2015

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LOS APEGOS QUE NOS ESCLAVIZAN

El desprendimiento de las cosas materiales, la austeridad y el amor son condición indispensable para la misión: ni pan, ni alforja, ni dinero, ni dos túnicas, nada para el camino, excepto un bastón y sandalias. Pero eso sí, con poder para expulsar espíritus malignos. El enviado, debe ser capaz de prescindir de todo, incluso del dinero, pues éste puede esclavizarlo. Debe tener su corazón y su confianza puestos sólo en Dios, y en la comunidad donde se siente acogido. Se trata de un desprendimiento que confiere libertad y genera credibilidad. Para ser libres es una ventaja "ir ligeros de equipaje".
Jesús los envía de dos en dos, de modo que tenga validez jurídica su testimonio y se puedan también ayudar mutuamente. La misión cristiana tiene como objetivo luchar contra las fuerzas del mal, generar conversión y cambio de vida, sanación integral y salvación.
El enviado no debe desmotivarse si encuentra actitudes de rechazo o indiferencia. Debe romper con cuantos no reciban el mensaje y procurar buscar lugares donde haya enfermos que sanar y gente para evangelizar.
El apego a las cosas materiales y especialmente al dinero puede minar la vocación y producir esclavitud y distracción. El desprendimiento radical, el uso de los medios de comunicación y el amor a la misión, son factores indispensables para evangelizar en esta sociedad de opulencia y despilfarro.
Así podremos ser enviados auténticos y eficaces de Jesús; alejaremos de nosotros el maligno, curaremos enfermos del alma y del cuerpo. Recordemos que somos los continuadores de la presencia de Cristo en el mundo. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, julio 12 del año 2015

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¿ES POSIBLE AMARNOS DE VERDAD?

Donde existe amor existe alegría, paz, comprensión. De este modo el sacrificio y el dolor serán más llevaderos. Una de las expresiones más bellas de Jesús resume el sentido de su vida y de la nuestra: "No hay amor más grande que el de quien da la vida por sus amigos". Y Él entregó su vida por nosotros.
La palabra "amor", de tanto usarla, se ha devaluado y hoy tiene un sinfín de significados. Muchas veces llenamos nuestro corazón con dioses falsos, con afectos equivocados que toman el lugar del Padre, pero que no pueden hacer brotar en nuestra existencia la verdadera alegría y felicidad de las que tan sedientos nos sentimos.
No hay que confundir el amor con mero sentimentalismo o atracción física; eso sería demasiado poco. Si no hay renuncia, sacrificio, donación y esfuerzo por construir un amor de verdad no tenemos amor. A veces decimos: "Yo te quiero o yo te amo", pero luego somos incapaces de hacer un sacrificio por la persona amada o ser fieles a ella.
San Pablo nos dice que así sepamos muchas lenguas y ciencias, pero si no tenemos amor, nada somos. El amor todo lo cree, todo lo soporta, todo lo espera. El amor es paciente, bondadoso, no es envidioso, ni orgulloso, ni rencoroso, ni interesado, ni tiene en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, sino por la verdad.
Cuando se pronuncia el "sí" el día del matrimonio hay que saber que es para siempre y exige fidelidad. ¡No se puede amar sólo por un tiempo! Es feliz quien hace un mundo más feliz, conoce la alegría quien sabe regalarla, sólo vive quien hace vivir, sólo es amado quien ama de verdad. El amor mutuo debe ser el distintivo por el cual todos nos reconozcan como discípulos de Jesús. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, mayo 10 del año 2015

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TODOS SOMOS TEMPLO DE DIOS

La primera Basílica que ha tenido nuestra religión católica es la de Letrán, cuya consagración, que hoy celebramos, fue llevada a cabo por el papa Silvestre en el año 324 en Roma.
Esta Basílica es la madre y cabeza de todas las iglesias. Ha sido muy venerada y en ella se han celebrado cinco concilios. Ella es símbolo de la unidad de todas las comunidades cristianas con Roma y nos recuerda que todos estamos construidos sobre el mismo cimiento, que es Jesucristo.
Desde el Antiguo Testamento Dios enseña a su pueblo la importancia de los lugares consagrados a Él. El templo es, ante todo, el corazón del hombre que ha acogido su Palabra. San Pablo dice: "¿No saben que ustedes son santuarios de Dios?" (1Co 3, 16).
El templo es el lugar sagrado donde los fieles se reúnen para dar culto. En él hemos sido bautizados y en él hemos iniciado nuestro camino cristiano, Hemos recibido nuestra primera comunión o celebrado nuestro matrimonio; en él hemos dado también el último adiós a nuestros seres queridos. El templo nos recuerda que Dios está presente en medio de los hombres.
Todos hemos sido consagrados como "templos de Dios" el día de nuestro bautismo, por eso nuestro cuerpo merece respeto y estima. Nuestro hermano es también templo de Dios y no puede ser visto como un instrumento u objeto de placer o violencia, tampoco alguien a quien no perdonamos o no prestamos ayuda.
Jesús, al echar a los mercaderes del templo, se enfrenta a los que profanan lo sagrado: los codiciosos, los hipócritas, los que no respetan y destruyen el templo de Dios. San Pablo nos dice que cada uno de nosotros somos templo del Espíritu Santo. Ojalá conservemos nuestra alma bella y limpia, como le agrada al Señor, y todo nuestro ser sea un templo vivo. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, noviembre 9 del año 2014

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LA ALEGRÍA DE ENCONTRAR EL TESORO

Los hijos son el tesoro de sus padres, la esposa es el tesoro del esposo y viceversa, el amigo verdadero es un tesoro. Pero el Reino de Dios es el tesoro absoluto que siempre debemos buscar. Es la base de nuestra alegre esperanza y el fundamento de nuestro compromiso con Dios y los hermanos. El Reino es fe, esperanza, es vida y amor. Jesús nos dijo:"Busquen sobre todo el Reino de Dios y su justicia; lo demás se les dará por añadidura".
Quien capta el secreto del Reino ha encontrado el tesoro escondido que le enseña a relativizar todo lo demás. Si hemos descubierto ese tesoro debemos irradiar alegría, esperanza y contagiar optimismo, pues el Reino es fermento de humanidad y de madurez en las relaciones con los demás. Por eso supliquemos:"¡Venga a nosotros, tu Reino, Señor!".
Los hombres y mujeres, buenos y justos, los que viven felices y se sienten realizados dejan una huella en la historia. Pero muchas veces la escala de valores que rige nuestra sociedad no nos ayuda a ser felices. Hay quienes están atrapados por engañosos tesoros   que los esclavizan y dividen, como el alcohol, la droga, la pasión incontrolada por el dinero y el poder, la lujuria, la buena vida. Por esos tesoros son capaces, incluso, de dar la vida. Pero son tesoros que no liberan, sino que esclavizan más y más, hundiéndonos en la vanidad y la mentira.
La vida y los talentos son tesoros que deben ser cuidados con responsabilidad, y entregados a Dios como "ofrenda agradable en su presencia". No hay nada más hermoso que descubrir que Jesús me considera un tesoro, y ver reflejado en sus ojos las múltiples facetas hermosas que solo Él podía haber observado en mí. Por eso descanso en el amor que Él me da. Como decía san Agustín: "Inquieto está mi corazón hasta que no descanse en ti". J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, julio 27 del año 2014

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Romanos 8, 26-27

De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Porque no sabemos orar como es debido, pero el Espíritu mismo ruega a Dios por nosotros, con gemidos que no pueden expresarse con palabras.  Y Dios, que examina los corazones, sabe qué es lo que el Espíritu quiere decir, porque el Espíritu ruega, conforme a la voluntad de Dios, por los del pueblo santo.

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NO CERRAR EL CORAZÓN A LA PALABRA

A pesar de los aparentes fracasos de la siembra de la semilla, la eficacia de la Palabra de Dios está asegurada, pues la tierra fértil compensa con creces la esterilidad del camino, el pedregal y las zarzas.
Hay tantos terrenos en el corazón de cada uno de nosotros que acogen o rechazan el mensaje de Jesús y que simbolizan nuestra aceptación, o indiferencia ante él.
La iniciativa de Dios que ofrece al hombre su semilla, espera el buen fruto de ésta, pero respeta la libertad del hombre. Preguntémonos, pues, qué clase de terreno somos, qué clase de fruto damos. ¿Acojo la Palabra y la hago norma de vida? ¿Soy indiferente? ¿La rechazo y por qué? La respuesta debe salir del corazón. Cristo fue el primer grano de trigo que muriendo en el surco dio una cosecha espléndida de vida y resurrección.
Ojalá las voces de este mundo que nos seducen a encontrar una felicidad caduca no nos distraigan, ni la terquedad ni el egoísmo o la soberbia nos conviertan en terreno infecundo. Ojalá no seamos áspero sendero, duro pedregal o zarzas inhóspitas, sino terreno fértil que hace fructificar el ciento por uno: amor, constancia, servicio y conversión continua.
El "maligno" o personificación del mal, que es el verdadero enemigo del Reino y de Jesús, cuando entra en nuestro corazón lo vuelve receloso, cerrado, despiadado, interesado y no puede hacer el bien. El egoísmo y el entusiasmo superficial, son actitudes incompatibles con el Reino. Este sólo puede crecer en el terreno de la apertura y la disponibilidad.
Jesús sufrió la amargura de la incomprensión y la falta de resultados, pero estaba convencido de que su palabra no podía quedar estéril, sino ser semilla de vida fecunda. Ojalá sepamos acoger lo que la palabra de hoy nos revela y sepamos hacerla fructificar al ciento por uno. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, julio 13 del año 2014

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