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CUANDO EL PROFETA ES RECHAZADO

Los habitantes de Nazaret conocían bien a Jesús y a su familia. Lo habían visto crecer, ir a la escuela, hacerse grande y trabajar para ganarse el sustento.
Jesús va a la sinagoga para leer y comentar la Escritura. La gente al oírlo se asombra, pero luego lo rechaza porque les parece absurdo que aquel joven, el hijo de José y de María, pretenda ser el Mesías. Y cuestionan su enseñanza y sus milagros. No logran descubrir la presencia de Dios en aquel joven carpintero. Jesús siente pena y tristeza por la incredulidad y no puede hacer allí ningún milagro y se extraña por su falta de fe. Pero Él no se desanima y sigue adelante con valor.
También nosotros tenemos momentos de rechazo, frustración, ante quienes no nos aceptan. San Pablo presume de sus debilidades porque gracias a ellas residirá en él la fuerza de Cristo: "Cuando soy débil, entonces soy fuerte".
Tal vez vivimos entre hombres y mujeres que no creen, incluso amigos nuestros; y quizá nunca les hemos hablado de Dios "por respeto a sus ideas". Pidamos al Espíritu Santo más tacto y más valentía para anunciar y ser testimonios del Reino de Dios. Hacen falta hombres y mujeres creyentes que a ejemplo de Jesús sean profetas que anuncian a Dios a los demás. Necesitamos de personas "signo" que sepan sonreír y compartir, aceptar a los demás como son y darles la mano en su dificultad, escucharlos con amor e infundirles esperanza. Así es como se hará hoy presente el Espíritu profético del Señor.
Tal vez Cristo ha venido a nuestra casa y no lo hemos recibido, ni a Él, ni a su palabra, ni a sus enviados. Tal vez hemos dejado apagar en las cenizas del miedo silencioso nuestra fe y nuestro testimonio de hijos de Dios. Pidamos perdón. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, julio 5 del año 2015

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LA AUTORIDAD DEL TESTIMONIO

Los letrados, que presenta el Evangelio de hoy, comentaban la Escritura con base en citas y casuística, cargando pesados fardos a la gente. Hablaban sólo para ser aplaudidos. En cambio el estilo de Jesús era liberador y anunciaba una buena noticia. La gente notó la diferencia, por eso lo escuchaba con gusto. Todo lo que decía Jesús estaba respaldado por su vida, por su ejemplo. Era la base de su autoridad.
A la enseñanza de Jesús sigue el milagro de la liberación de un poseso, mostrando así su autoridad también sobre los demonios. Al preguntársele sobre su autoridad Cristo se remite al testimonio de sus obras, que probaban su identidad mesiánica.
El poder abre puertas, llena bolsillos, impone, pero si no es servicio, no sirve para hacer mejores y más libres a las personas. El carisma, en cambio, no se atribuye poderes, libera al hombre, no esclaviza.
Jesús, quien "no tiene autorización legal" para enseñar o sanar, realiza acciones en favor de los sufrientes y los marginados. Sus obras son un servicio humilde a los enfermos, a los pobres y a los oprimidos por el pecado. Él vino a servir y a rescatar lo perdido. Todo lo que decía y hacía era creíble porque estaba respaldado por su vida y su comportamiento.
Si no somos testimonio de lo que decimos nunca seremos creíbles, no tendremos autoridad y nadie nos hará caso. Ni nuestros hijos, ni nuestros alumnos, ni nuestros oyentes. ¿Los padres de familia hablan con la autoridad del testimonio frente a los hijos? Los jefes de grupo, los directores, ¿con qué autoridad hablan? Lo que les decimos ¿está respaldado por nuestro comportamiento?
El reto de nuestra época es anunciar el Reino, no sólo con palabras sino con hechos, no de formó ideológica sino con una práctica liberadora, no con la amenaza sino con la bondad y la misericordia. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, febrero 1 del año 2015

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Juan 1, 35-42

Al día siguiente, Juan estaba allí otra vez con dos de sus seguidores.  Cuando vio pasar a Jesús, Juan dijo: ¡Miren, ése es el Cordero de Dios!  Los dos seguidores de Juan lo oyeron decir esto, y siguieron a Jesús.  Jesús se volvió, y al ver que lo seguían les preguntó: ¿Qué están buscando? Ellos dijeron: Maestro, ¿dónde vives?  Jesús les contestó: Vengan a verlo. Fueron, pues, y vieron dónde vivía, y pasaron con él el resto del día, porque ya eran como las cuatro de la tarde.  Uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús, era Andrés, hermano de Simón Pedro.  Al primero que Andrés se encontró fue a su hermano Simón, y le dijo: Hemos encontrado al Mesías (que significa: Cristo).  Luego Andrés llevó a Simón a donde estaba Jesús; cuando Jesús lo vio, le dijo: Tú eres Simón, hijo de Juan, pero tu nombre será Cefas (que significa: Pedro).

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FUERON A SU CASA Y SE QUEDARON CON ÉL

Juan Bautista, señalando a Jesús, dice: "Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo", e invita a la gente a seguirlo. Los discípulos descubren, creen, son tocados por la experiencia personal con Jesús. De hecho, fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. La mirada penetrante y amable de Jesús, sus palabras, el compartir y observar el ambiente de su casa, dejó en ellos una huella profunda.
Todos tenernos en nuestra vida —un día cualquiera a las "cuatro de la tarde"— un momento fuerte de encuentro con quien nos llena de entusiasmo, de esperanza y nos anima.
La pregunta de Jesús: "¿A quién buscan?" toca lo más profundo de nuestro ser. Y Jesús no se esconde ante quien lo busca honradamente. Se vuelve, invita y dice: "Sígueme". Dialoga, explica y facilita el encuentro.
En un mundo en que prima lo físico, lo corpóreo, lo material, nuestro testimonio de cristianos es indispensable y urgente. Alguien dijo que al mundo y al hombre actuales se le está agrandando él cuerpo y empequeñeciendo el espíritu. Por eso el papa Pablo VI decía: "El mundo actual necesita urgentemente un suplemento de alma”.
Hay un alarmante desajuste de criterios que se deduce de la influencia de los medios de comunicación. Los valores del espíritu se disuelven, se relativizan, cuando son remplazados por los criterios del mundo. El creyente debe estar alerta para no dejarse engañar, para disentir todo cuanto es indigno de los hijos de Dios, o le lleva a alejarse de Él, dándole la espalda. Para ser discípulos auténticos de Cristo necesitamos responder fielmente a su llamada, escuchar su palabra, tener plena disponibilidad, fidelidad y testimonio de vida. Cristo nos ha llamado por nuestro nombre para que seamos sus seguidores. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, enero 18 del año 2015

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Marcos 1, 7-11

En su proclamación decía: «Después de mí viene uno más poderoso que yo, que ni siquiera merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias.  Yo los he bautizado a ustedes con agua; pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»  Por aquellos días, Jesús salió de Nazaret, que está en la región de Galilea, y Juan lo bautizó en el Jordán.  En el momento de salir del agua, Jesús vio que el cielo se abría y que el Espíritu bajaba sobre él como una paloma.  Y se oyó una voz del cielo, que decía: «Tú eres mi Hijo amado, a quien he elegido.»

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SOY AMADO POR DIOS

Jesús  desciende a las aguas del río Jordán para ser bautizado por Juan. Esas aguas que son signo de lo caótico y del mal. Y Jesús entra en ellas, se enfrenta a su turbulencia recogiendo así todo el pecado y la miseria del mundo y de la condición humana. La misión de Jesús es quitar el pecado que oprime al mundo.
También nosotros hemos sido bautizados como Jesús, hemos sido ungidos por el Espíritu para anunciar la salvación, comunicando esperanza y alegría. Pertenecemos a la familia de Dios y nos configuramos con Cristo sacerdote, rey y profeta. Sin embargo, a veces nuestro bautismo es un mero acto social y no nos distingue ni nos identifica como cristianos.
Ser creyente no hace desaparecer de nuestra vida los conflictos, contradicciones y sufrimientos propios de lo cotidiano. Pero dentro de la fe cristiana hay una experiencia que da un sentido a todo, esto es: que Dios me ama tal como soy, porque estoy habitado y sostenido por Él, que es amor insondable y gratuito. Si no hacemos parte de esta experiencia, desconocemos la gratuidad y la santidad que nos da la presencia del Espíritu Santo. El sentido, la esperanza, la vida entera del creyente nace y se sostiene en la seguridad inquebrantable de sentirnos amados. A cada uno hoy también nos dice Dios:"Tú eres mi hijo amado".
¿Qué recibimos en el bautismo? La luz que es Cristo, quien con su palabra, su presencia y su ejemplo nos ilumina y nos invita a ser luz para los demás; el aceite con que hemos sido ungidos como sacerdotes, reyes y profetas; la vestidura blanca, es decir, la dignidad de hijos de Dios que debemos testificar con nuestra palabra y ejemplo de vida. El bautismo no es una carga sino un don inenarrable que Dios nos regala para nuestra alegría y nuestra plena identificación como cristianos auténticos. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, enero 11 del año 2015

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Lucas 2, 22-40

Cuando se cumplieron los días en que ellos debían purificarse según la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentárselo al Señor. Lo hicieron así porque en la ley del Señor está escrito: «Todo primer hijo varón será consagrado al Señor.» Fueron, pues, a ofrecer en sacrificio lo que manda la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones de paloma. En aquel tiempo vivía en Jerusalén un hombre que se llamaba Simeón. Era un hombre justo y piadoso, que esperaba la restauración de Israel. El Espíritu Santo estaba con Simeón,  y le había hecho saber que no moriría sin ver antes al Mesías, a quien el Señor enviaría.  Guiado por el Espíritu Santo, Simeón fue al templo; y cuando los padres del niño Jesús lo llevaron también a él, para cumplir con lo que la ley ordenaba,  Simeón lo tomó en brazos y alabó a Dios, diciendo:  «Ahora, Señor, tu promesa está cumplida: puedes dejar que tu siervo muera en paz. Porque ya he visto la salvación  que has comenzado a realizar a la vista de todos los pueblos,  la luz que alumbrará a las naciones y que será la gloria de tu pueblo Israel.»  El padre y la madre de Jesús se quedaron admirados al oír lo que Simeón decía del niño.  Entonces Simeón les dio su bendición, y dijo a María, la madre de Jesús: Mira, este niño está destinado a hacer que muchos en Israel caigan o se levanten. Él será una señal que muchos rechazarán,  a fin de que las intenciones de muchos corazones queden al descubierto. Pero todo esto va a ser para ti como una espada que atraviese tu propia alma.  También estaba allí una profetisa llamada Ana, hija de Penuel, de la tribu de Aser. Era ya muy anciana. Se casó siendo muy joven, y había vivido con su marido siete años;  hacía ya ochenta y cuatro años que se había quedado viuda. Nunca salía del templo, sino que servía día y noche al Señor, con ayunos y oraciones.  Ana se presentó en aquel mismo momento, y comenzó a dar gracias a Dios y a hablar del niño Jesús a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.  Después de haber cumplido con todo lo que manda la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su propio pueblo de Nazaret.  Y el niño crecía y se hacía más fuerte, estaba lleno de sabiduría y gozaba del favor de Dios.

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EL CALOR HUMANO DE LA FAMILIA

Quienes ven el cumplimiento de las promesas divinas bendicen y alaban a Dios y lo manifiestan llenos de fe y esperanza, como Simeón y Ana que tuvieron la dicha de tener en sus brazos al Salvador, Jesús.
Después de la presentación de Jesús en el templo y de haber cumplido con lo que prescribe la ley del Señor, María, José y el Niño regresan a Nazaret y se integran a sus actividades cotidianas. Allí, en Nazaret, Jesús crece, madura, trabaja con sus padres, se fortalece, se llena de sabiduría y es apreciado por todos.
¡Qué hermoso don nos ha dado Dios con la familia! Es en el hogar, en el seno familiar, donde se experimenta más intensamente el calor humano; es el lugar privilegiado y adecuado para vivir la gracia y el amor de Dios. De nuestros padres recibimos el afecto, los cuidados, la ternura, las enseñanzas. Sin embargo, constatamos que hay tantos niños sin padres, sin cariño ni amor, deambulando por las calles, expuestos al peligro, al maltrato, al abuso... Y lo más grave es que muchas veces cerramos los ojos ante esta realidad, evadimos la responsabilidad que tenemos como cristianos de velar por el bien de los débiles y necesitados.
Agradezcamos a Dios porque tenemos una familia, un lugar donde crecer, sentirnos seguros y a gusto. Démosle gracias por nuestros familiares y amigos. Por tantas personas que nos han acompañado desde nuestra niñez y nos ayudan a llevar una vida normal, que nos respetan y nos animan a abrir horizontes y a vivir con esperanza y dignidad.
Podemos viajar mucho, conocer lugares y realidades diferentes, pero sólo cuando regresamos y nos encontramos de nuevo en el hogar nos damos cuenta que el calor humano y el amor verdadero se encuentran en el ámbito de nuestras familias. Así como lo fue para Jesús la presencia de José y María en su niñez y juventud, valoremos y defendamos nuestras familias. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, diciembre 28 del año 2014

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Juan 1, 6-8. 19-28

Hubo un hombre llamado Juan, a quien Dios envió como testigo, para que diera testimonio de la luz y para que todos creyeran por lo que él decía.  Juan no era la luz, sino uno enviado a dar testimonio de la luz. Éste es el testimonio de Juan, cuando las autoridades judías enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle a Juan quién era él.  Y él confesó claramente: Yo no soy el Mesías. Le volvieron a preguntar: ¿Quién eres, pues? ¿El profeta Elías? Juan dijo: No lo soy. Ellos insistieron: Entonces, ¿eres el profeta que ha de venir? Contestó: No. Le dijeron: ¿Quién eres, pues? Tenemos que llevar una respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué nos puedes decir de ti mismo?  Juan les contestó: Yo soy una voz que grita en el desierto: “Abran un camino derecho para el Señor”, tal como dijo el profeta Isaías.  Los que fueron enviados por los fariseos a hablar con Juan,  le preguntaron: Pues si no eres el Mesías, ni Elías ni el profeta, ¿por qué bautizas?  Juan les contestó: Yo bautizo con agua; pero entre ustedes hay uno que no conocen  y que viene después de mí. Yo ni siquiera merezco desatarle la correa de sus sandalias.  Todo esto sucedió en el lugar llamado Betania, al otro lado del río Jordán, donde Juan estaba bautizando.

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PROFETAS DE ALEGRIA Y ESPERANZA

¿Tú, quién eres?, le preguntan a Juan Bautista los emisarios de los judíos, intrigados por su personalidad. Él les dice sin arrogancia:"Yo no soy el Mesías, ni el profeta esperado, sino sólo una voz que grita en el desierto. Allanen el camino del Señor".
Juan es un profeta sincero. Su rectitud y coraje le costaron la vida por recriminar a Herodes su conducta inmoral al convivir con la mujer de su hermano Filipo. Además, Juan es una persona humilde y sensata que no se embriaga con el aplauso de la gente. Él sabe bien que su persona y su ministerio profético están al servicio de alguien superior: Jesús.
Los profetas pueden hacer sombra a los orgullosos, pero tienen la autoridad de la verdad y el testimonio de vida. Su autoridad brota de su interior y de su coherencia de vida. Juan no tiene nada que ocultar. Para el profeta vale más la verdad que la vida, y él sabe que poner en acto la verdad es arriesgado, pero es la única manera de ser testigo de la luz.
Los contemporáneos del Bautista necesitaban un testigo que les mostrara el fundamento de una esperanza segura. Juan les indica que esa seguridad está en Jesús, que es el "enviado" que viene a perdonar y curar las heridas del cuerpo y del corazón.
Ser mensajeros de alegría y esperanza es también tarea nuestra, pero ante el materialismo, el vacío interior, la desesperanza e indiferencia optamos por callar, manifestando que nadie nos escucha. Juan anuncia y da testimonio allí en el desierto donde corre el riesgo de no ser escuchado.
Allanar el camino del Señor significa "enterrar" el orgullo, el egoísmo, el afán de aplauso, la codicia, y disponernos con humildad y confianza para recibir de la forma más digna al Señor que viene. Hoy tenemos motivos para estar alegres, pues el Señor ya está en medio de nosotros. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, diciembre 14 del año 2014

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Marcos 1, 1-8

Principio de la buena noticia de Jesús el Mesías, el Hijo de Dios. Está escrito en el libro del profeta Isaías: «Envío mi mensajero delante de ti, para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor; ábranle un camino recto.”»  Y así se presentó Juan el Bautista en el desierto; decía a todos que debían volverse a Dios y ser bautizados, para que Dios les perdonara sus pecados.  Todos los de la región de Judea y de la ciudad de Jerusalén salían a oírlo. Confesaban sus pecados, y Juan los bautizaba en el río Jordán.  La ropa de Juan estaba hecha de pelo de camello, y se la sujetaba al cuerpo con un cinturón de cuero; y comía langostas y miel del monte.  En su proclamación decía: «Después de mí viene uno más poderoso que yo, que ni siquiera merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias.  Yo los he bautizado a ustedes con agua; pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

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VOZ QUE GRITA EN EL DESIERTO

Juan es el profeta que vivió como nómada, en la austeridad y la privación, sin privilegios inútiles. Su dieta es muy sobria y su vestido modesto. No es una persona fascinante que capta simpatías. Nadie lo asumiría como jefe de relaciones públicas. Aparece en el desierto, no en un lugar placentero. Invita a la conversión, al cambio de vida, a liberarse de esclavitudes.
"Allanar el camino del Señor" significa dejar los vicios, el orgullo, la soberbia, la codicia, la injusticia, la explotación del pobre. Juan se reconoce con humildad como el predecesor, y por eso no habla de sí mismo sino del que viene detrás de él, del Mesías. Es la voz del desierto que anuncia a Jesús como Mesías. Tiene el coraje de denunciar la situación inmoral de Herodes por convivir con la esposa de un hermano suyo. Esto le costó la vida.
La Buena Noticia que nos trae alegría y esperanza, vida y perdón, se pregona en el desierto, ese lugar inhóspito, el lugar de la prueba y del encuentro, de la sed y la tentación.
El auténtico creyente no se refugia en el disfrute alocado del consumismo, no busca consuelo en un mundo artificial y engañoso, ni se hunde en el pesimismo. Él allana el camino del Señor, es decir, evita entrar en los caminos que no conducen a ninguna parte, y se esfuerza por liberarse de todo aquello que bloquea su crecimiento, su madurez, y que impide el progreso de un mundo más justo, humano y pacífico.
Igual que Juan, somos mensajeros del Mesías y de su buena noticia. Pero muchas veces callamos y no damos testimonio. Ante el vacío y la indiferencia, decimos que estamos "predicando en el desierto". Sin embargo, Juan dio testimonio y manifestó su mensaje a viva voz allí en el desierto, lugar del sufrimiento y la dureza de la vida. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, diciembre 7 del año 2014

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