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LOS APEGOS QUE NOS ESCLAVIZAN

El desprendimiento de las cosas materiales, la austeridad y el amor son condición indispensable para la misión: ni pan, ni alforja, ni dinero, ni dos túnicas, nada para el camino, excepto un bastón y sandalias. Pero eso sí, con poder para expulsar espíritus malignos. El enviado, debe ser capaz de prescindir de todo, incluso del dinero, pues éste puede esclavizarlo. Debe tener su corazón y su confianza puestos sólo en Dios, y en la comunidad donde se siente acogido. Se trata de un desprendimiento que confiere libertad y genera credibilidad. Para ser libres es una ventaja "ir ligeros de equipaje".
Jesús los envía de dos en dos, de modo que tenga validez jurídica su testimonio y se puedan también ayudar mutuamente. La misión cristiana tiene como objetivo luchar contra las fuerzas del mal, generar conversión y cambio de vida, sanación integral y salvación.
El enviado no debe desmotivarse si encuentra actitudes de rechazo o indiferencia. Debe romper con cuantos no reciban el mensaje y procurar buscar lugares donde haya enfermos que sanar y gente para evangelizar.
El apego a las cosas materiales y especialmente al dinero puede minar la vocación y producir esclavitud y distracción. El desprendimiento radical, el uso de los medios de comunicación y el amor a la misión, son factores indispensables para evangelizar en esta sociedad de opulencia y despilfarro.
Así podremos ser enviados auténticos y eficaces de Jesús; alejaremos de nosotros el maligno, curaremos enfermos del alma y del cuerpo. Recordemos que somos los continuadores de la presencia de Cristo en el mundo. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, julio 12 del año 2015

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CUANDO EL PROFETA ES RECHAZADO

Los habitantes de Nazaret conocían bien a Jesús y a su familia. Lo habían visto crecer, ir a la escuela, hacerse grande y trabajar para ganarse el sustento.
Jesús va a la sinagoga para leer y comentar la Escritura. La gente al oírlo se asombra, pero luego lo rechaza porque les parece absurdo que aquel joven, el hijo de José y de María, pretenda ser el Mesías. Y cuestionan su enseñanza y sus milagros. No logran descubrir la presencia de Dios en aquel joven carpintero. Jesús siente pena y tristeza por la incredulidad y no puede hacer allí ningún milagro y se extraña por su falta de fe. Pero Él no se desanima y sigue adelante con valor.
También nosotros tenemos momentos de rechazo, frustración, ante quienes no nos aceptan. San Pablo presume de sus debilidades porque gracias a ellas residirá en él la fuerza de Cristo: "Cuando soy débil, entonces soy fuerte".
Tal vez vivimos entre hombres y mujeres que no creen, incluso amigos nuestros; y quizá nunca les hemos hablado de Dios "por respeto a sus ideas". Pidamos al Espíritu Santo más tacto y más valentía para anunciar y ser testimonios del Reino de Dios. Hacen falta hombres y mujeres creyentes que a ejemplo de Jesús sean profetas que anuncian a Dios a los demás. Necesitamos de personas "signo" que sepan sonreír y compartir, aceptar a los demás como son y darles la mano en su dificultad, escucharlos con amor e infundirles esperanza. Así es como se hará hoy presente el Espíritu profético del Señor.
Tal vez Cristo ha venido a nuestra casa y no lo hemos recibido, ni a Él, ni a su palabra, ni a sus enviados. Tal vez hemos dejado apagar en las cenizas del miedo silencioso nuestra fe y nuestro testimonio de hijos de Dios. Pidamos perdón. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, julio 5 del año 2015

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LA VIDA ES FRUTO DEL AMOR

Unos griegos manifiestan a Felipe su deseo de ver a Jesús. Se lo presentan y Él los recibe con cariño y cortesía, y les habla de su futuro, es decir, de su pasión y su cruz.
Jesús es consciente de que alguien está tramando su muerte, pero no huye. Siente angustia, pero sabe que ha venido para esta "hora" en que el maligno va a ser derrotado, y así atraer a todos hacia sí. Está decidido a dar la vida por los demás, pues sabe que el amor más grande es el de aquel que da la vida por sus amigos.
Jesús expresa la fecundidad de su muerte cuando dice: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no puede dar fruto". El caer en tierra y morir es condición para que el grano libere toda la energía que encierra. El fruto comienza a ser real en el mismo grano que muere. El don total de sí es lo que hace que la vida de una persona sea realmente fecunda.
No se puede engendrar vida sin dar la propia, como tampoco se puede hacer vivir a los demás si no se está dispuesto a desvivirse por ellos. La vida es fruto del amor y brota en la medida en que la entregamos.
Cuando uno ama y vive intensamente, no puede permanecer indiferente ante el dolor de un hermano. El cristiano no disfruta ni busca el dolor por el dolor (masoquismo), sino que acepta el sufrimiento como precio de su compromiso con la vida. Saber sufrir por amor y en unión con Cristo es gran sabiduría, porque "el que vive ocupado sólo en pasarla placenteramente la perderá, pero el que emplea por mi causa, la salvará", dice Jesús.
¿Cómo es nuestra conducta religiosa y moral? ¿Se basa en el amor o vivimos una religión triste, una moral basada en el temor, contrastante con la ley del Espíritu? ¿Somos cristianos creíbles? ¿Sabemos mostrar el rostro de Cristo positivamente? J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, marzo 22 del año 2015

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¿CREER O NO CREER?

Nicodemo, fariseo influyente que buscaba la perfección en la observancia de la Ley, admiraba a Jesús y fue a visitarlo de noche. Jesús le habló del agua, del espíritu y de la carne; del nacer de nuevo, de la luz y las tinieblas; del amor de Dios por el hombre, y le planteó el problema de creer o no creer. En creer o no creer está el verdadero dilema del ser humano, del sentido o del sinsentido de su vida. El que cree participa ya de la vida y de la gloria del Hijo.
Hay muchas personas que no creen. El papa Francisco nos dice que hay jóvenes que pasan su vida llenándola solamente de la "nada, del vacío", esto es, de sinsentido... Otros se han instalado en su finitud y organizan su vida a espaldas de Dios, en las tinieblas.
Un creyente de verdad encuentra en su fe el mejor estímulo y la mejor orientación para que su vida tenga sentido. Para ello necesita tener espíritu de búsqueda, honestidad, fidelidad, verdad y justicia.
Hay una cruz que debemos asumir y con la que podemos cargar, y es la cruz de quien procura que el otro, el hermano, no lleve solo su cruz; es la cruz del que sufre porque ama. Es la cruz que nos da vida, que nos salva.
La luz de Dios es el amor, es vida nueva, vida eterna que se acerca al hombre en la persona de Cristo para iluminarlo y salvarlo. Las obras de las tinieblas son: violencia, injusticia, fornicación, mentira, etc., y quien vive según la carne va a la muerte, pero si damos muerte a las obras del cuerpo, viviremos y tendremos luz. Nicodemo estaba abierto a la luz y aquella noche volvió a nacer y empezó una vida nueva.
Todo el que quiera vivir con honestidad, buscando la verdad, creyendo en que Dios lo ama, no está lejos de la luz, ni de sentir el amor de Dios, como Nicodemo. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, marzo 15 del año 2015

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Juan 2, 13-25

Como ya se acercaba la fiesta de la Pascua de los judíos, Jesús fue a Jerusalén.  Y encontró en el templo a los vendedores de novillos, ovejas y palomas, y a los que estaban sentados en los puestos donde se le cambiaba el dinero a la gente.  Al verlo, Jesús tomó unas cuerdas, se hizo un látigo y los echó a todos del templo, junto con sus ovejas y sus novillos. A los que cambiaban dinero les arrojó las monedas al suelo y les volcó las mesas.  A los vendedores de palomas les dijo: ¡Saquen esto de aquí! ¡No hagan un mercado de la casa de mi Padre!  Entonces sus discípulos se acordaron de la Escritura que dice: «Me consumirá el celo por tu casa.»  Los judíos le preguntaron: ¿Qué prueba nos das de tu autoridad para hacer esto?  Jesús les contestó: Destruyan este templo, y en tres días volveré a levantarlo.  Los judíos le dijeron: Cuarenta y seis años se ha trabajado en la construcción de este templo, ¿y tú en tres días lo vas a levantar?  Pero el templo al que Jesús se refería era su propio cuerpo.  Por eso, cuando resucitó, sus discípulos se acordaron de esto que había dicho, y creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús.  Mientras Jesús estaba en Jerusalén, en la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en él al ver las señales milagrosas que hacía.  Pero Jesús no confiaba en ellos, porque los conocía a todos.  No necesitaba que nadie le dijera nada acerca de la gente, pues él mismo conocía el corazón del hombre.

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NUEVO TEMPLO PARA UN CULTO NUEVO

Nos asombra el hecho de que Jesús levantara su mano contra los mercaderes que estaban negociando en el templo y que los echara de allí a latigazos. Pero esta acción, por dura que parezca, no tiene más que un fin: llamar a la conciencia de que no se puede convertir el templo (material y espiritual) en un mercado, donde se negocia con la vida y la dignidad de las personas.
En la purificación del templo Jesús aparece como innovador y se pronuncia por una religión pura, limpia y quiere un culto vivo nacido de la fe y del corazón. La asamblea litúrgica es la auténtica Iglesia de Dios, su santuario espiritual. Y cada bautizado en el Espíritu de Jesús, es el mismo templo de Dios. San Pablo dijo:"¿No saben que ustedes son templos de Dios y que el Espíritu Santo habita en ustedes?"(1Co 3, 16).
Toda persona es templo de Dios ya que está hecha a su imagen y semejanza. Por eso, destruir (profanar) un templo vivo es el mayor sacrilegio. Sin embargo, sabemos de niños que mueren antes de nacer, de mujeres violadas, de cuerpos mutilados, etc., todo esto es un atentado contra la máxima creación de Dios.
El culto a Dios sin defensa de la dignidad de las personas no es un verdadero culto. Templo, altar, ofrendas y ritos tienen un valor cultual, pero para que haya un culto verdadero a Dios cuenta la primacía del espíritu, del corazón y de la fe de los creyentes que alaban a Dios en unión con Cristo.
Debemos ser piedras vivas y dinámicas del templo. Y hay que trasladar la vida al culto y el culto a nuestra existencia personal, laboral, familiar. Hay que respetar el templo donde Cristo se nos da en alimento, a través de la comunión y de su Palabra. Así podremos adorarlo, darle gracias, bendecirlo y darle culto como Él quiere, con una religión auténtica en espíritu y en verdad. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, marzo 8 del año 2015

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LA AUTORIDAD DEL TESTIMONIO

Los letrados, que presenta el Evangelio de hoy, comentaban la Escritura con base en citas y casuística, cargando pesados fardos a la gente. Hablaban sólo para ser aplaudidos. En cambio el estilo de Jesús era liberador y anunciaba una buena noticia. La gente notó la diferencia, por eso lo escuchaba con gusto. Todo lo que decía Jesús estaba respaldado por su vida, por su ejemplo. Era la base de su autoridad.
A la enseñanza de Jesús sigue el milagro de la liberación de un poseso, mostrando así su autoridad también sobre los demonios. Al preguntársele sobre su autoridad Cristo se remite al testimonio de sus obras, que probaban su identidad mesiánica.
El poder abre puertas, llena bolsillos, impone, pero si no es servicio, no sirve para hacer mejores y más libres a las personas. El carisma, en cambio, no se atribuye poderes, libera al hombre, no esclaviza.
Jesús, quien "no tiene autorización legal" para enseñar o sanar, realiza acciones en favor de los sufrientes y los marginados. Sus obras son un servicio humilde a los enfermos, a los pobres y a los oprimidos por el pecado. Él vino a servir y a rescatar lo perdido. Todo lo que decía y hacía era creíble porque estaba respaldado por su vida y su comportamiento.
Si no somos testimonio de lo que decimos nunca seremos creíbles, no tendremos autoridad y nadie nos hará caso. Ni nuestros hijos, ni nuestros alumnos, ni nuestros oyentes. ¿Los padres de familia hablan con la autoridad del testimonio frente a los hijos? Los jefes de grupo, los directores, ¿con qué autoridad hablan? Lo que les decimos ¿está respaldado por nuestro comportamiento?
El reto de nuestra época es anunciar el Reino, no sólo con palabras sino con hechos, no de formó ideológica sino con una práctica liberadora, no con la amenaza sino con la bondad y la misericordia. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, febrero 1 del año 2015

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¡TU ROSTRO BUSCARÉ SEÑOR!

El mensaje de la Epifanía es la manifestación de Cristo luz y salvación de Dios para todas las naciones. El Dios que sale al encuentro del ser humano y colma sus aspiraciones. Éste es nuestro gran regalo de reyes.
Los magos representan la esperanza que todo ser humano lleva en su corazón. Todos buscamos algo mejor. Los padres, el niño, el adolescente, el adulto, el anciano, cada uno vive su secreta ilusión e íntima esperanza. Todos esperamos que una estrella nos guíe.
Es importante que estemos siempre alerta y en actitud de búsqueda para encontrar y reconocer a Dios. Y para esto es necesario pasar por dificultades y renunciar a las comodidades. Esa fue la actitud de los magos de Oriente. Por eso hay que repetir siempre: "Tu rostro buscaré, Señor, no me ocultes tu rostro".
Necesitamos tener la ilusión de los magos y dejarnos iluminar por la luz de la estrella para vencer la desilusión y el desencanto, trabajando por un mundo mejor, más hermoso y más fraternal, ofreciendo a Jesús y a nuestros hermanos lo mejor de nosotros mismos.
Vivimos como en una aldea sin fronteras debido a la facilidad de la comunicación. Pero, a pesar de todo, vivimos luchando por defender intereses personales. Así es fácil olvidar el mensaje de Dios en la Epifanía, que es anuncio de esperanza en un mundo donde reina la desilusión y el desencanto.
No podemos vivir como Herodes defendiendo a capa y espada nuestros privilegios, nuestra situación social o económica, tratando de eliminar a quien con su presencia, así sea la de un recién nacido, anuncia y trae un mundo nuevo, con mejores relaciones humanas. ¿Qué estrellas nos guían? ¿Qué ofrecemos a Jesús al encontrarlo? ¿Lo adoramos o adoramos los ídolos de este mundo? J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, enero 4 del año 2015

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Lucas 1, 26-38

A los seis meses, Dios mandó al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret,  donde vivía una joven llamada María; era virgen, pero estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del rey David.  El ángel entró en el lugar donde ella estaba, y le dijo: ¡Salve, llena de gracia! El Señor está contigo.  María se sorprendió de estas palabras, y se preguntaba qué significaría aquel saludo.  El ángel le dijo: María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios.  Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.  Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo, y Dios el Señor lo hará Rey, como a su antepasado David,  para que reine por siempre sobre el pueblo de Jacob. Su reinado no tendrá fin.  María preguntó al ángel: ¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre?  El ángel le contestó: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios.  También tu parienta Isabel va a tener un hijo, a pesar de que es anciana; la que decían que no podía tener hijos, está encinta desde hace seis meses.  Para Dios no hay nada imposible.  Entonces María dijo: Yo soy esclava del Señor; que Dios haga conmigo como me has dicho. Con esto, el ángel se fue.

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EL "SÍ" DE MARÍA

El "sí" de María es una opción radical. Su respuesta al ángel es un compromiso que involucra todo su ser y al que se mantendrá fiel por toda la vida. Ella aceptó el plan de salvación sin reservas y su decisión de hacer la voluntad de Dios fue irrevocable.
María, criatura humana pero totalmente libre de pecado, no cederá a la tentación del mal o del abandono. Por eso puede el Espíritu engendrar en ella, la mujer nueva, al hombre nuevo que es Cristo. El "sí" de María nos revela el rostro de Dios que valora al ser humano y lo invita a la amistad y a la solidaridad.
María nos enseña a evitar el verbalismo y el activismo que no están al servicio de Dios y del hombre. La relación entre los hombres empieza a ser realmente humana cuando, con la fuerza que viene de lo alto, se vence las potencias del mal que se oponen a la libertad, a la vida, al amor y a la dignidad del ser humano.
Dios aborrece la injusticia y defiende a los marginados, trastocando el orden establecido por la opresión del desamor, del egoísmo y de la explotación, según lo expresó María en el hermoso canto del Magnificat.
EL "sí" de María es una invitación a que realicemos también, y de por vida, la opción por Cristo en orden a construir un mundo más humano. Siempre tenemos que hacer opciones fundamentales como el matrimonio, el sacerdocio, una profesión... que se presentan como una oportunidad para dar nuestro sí según lo manda Dios con convicción, fidelidad y responsabilidad.
La tentación de abandonar los deberes está hoy a la orden del día. El sí se cambia en no con mucha facilidad y hay quien sostiene la imposibilidad de un compromiso o un amor de por vida. La respuesta de María debe ser nuestra ley vital. Hagamos siempre la voluntad de Dios y aprendamos de ella su servicialidad, disponibilidad y perseverancia. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, diciembre 21 del año 2014

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¿QUE HAY AL FINAL DE LA VIDA?

La muerte es una realidad que experimentamos con frecuencia. Su anuncio en la enfermedad, en la vejez, en los accidentes y en todo lo que es negación de la vida, constituye el más punzante problema del hombre y el mayor de los absurdos. Anhelamos una vida sin límite como máxima aspiración humana y nos sentimos profundamente frustrados cuando no obtenemos una explicación satisfactoria. ¿Es la muerte un final o un comienzo? ¿Nos espera otra vida o la nada? Y ante ella, ¿sentimos miedo, indiferencia, rebeldía, náusea o la esperamos con la serena esperanza de la inmortalidad?
Cristo resucitado es la única respuesta segura al interrogante de la muerte. Él es la razón última de nuestro vivir, morir y esperar. Así como Él se hizo igual en todo a nosotros y pasó por el trance de la muerte para alcanzar la vida eterna, el discípulo tiene que recorrer el mismo itinerario. Nosotros, estar incorporados a Él en su muerte y resurrección, participamos también por herencia de la vida futura. Si nuestra esperanza en Cristo acabara con la vida presente seríamos los seres más desgraciados, dice san Pablo.
Este día no debe estar impregnado por la tristeza o la melancolía, sino por un recuerdo esperanzador. La fe nos da la certeza de la comunión con nuestros seres queridos y la esperanza de que poseen ya la vida verdadera.
Jesús dijo:”Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá y no morirá para siempre”. La vida no termina, se transforma. Gracias a Cristo resucitado no somos seres para la muerte sino para la vida. Dios no es un Dios de muertos sino de vivos, afirmó Jesús. Hoy proclamamos con mucha fe y esperanza: "Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro". J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, noviembre 2 del año 2014

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INVITADOS A LA FIESTA DE BODAS

En un banquete de bodas abunda la comida, la bebida y hay gran alegría por los deseos cumplidos de los nuevos esposos. Al banquete de la parábola que Jesús nos presenta hoy fueron invitadas varias personas que por diversas razones se excusaron para no asistir; incluso maltratan y asesinan a los mensajeros del rey, quien destruye la ciudad e invita a otros comensales.
El Reino de Dios es una fiesta a la cual estamos invitados y cuyas puertas se abren para todos. Infortunadamente abundamos en excusas y por la ceguera de nuestros intereses nos autoexcluimos de la fiesta. Tal negativa a Dios es negación al amor ya la fraternidad.
Para entrar al banquete se necesita un traje especial que comporta convertir la mente, el corazón y la vida; implica tener alma de pobres, libre de esclavitudes y estar disponibles para enjugar las lágrimas de los adoloridos. “Dios colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos” (Lc 1, 53).
Dios está siempre dispuesto a cubrirnos con el vestido nuevo del hijo pródigo que es su amor de Padre, su perdón y a contarnos entre sus elegidos. La invitación de Dios es insistente, pero muchas veces la rechazamos por andar tan ocupados en nuestras cosas: negocios, viajes, placeres, intereses. Es una invitación que otras personas sencillas y pobres están acogiendo con gozo en los cruces de los caminos de nuestra vida.
La Eucaristía es el banquete del Reino que anticipa el festín mesiánico. Por eso nuestras eucaristías no deben ser monótonas, tristes o pesadas, sino alegre participación en la fiesta de Dios y de los hermanos. ¡Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero! El Señor nos reserva un puesto de honor en la vida y en la mesa fraternal del banquete de su Reino donde el cuerpo de Cristo es nuestro pan. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, octubre 12 del año 2014

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Mateo 18, 15-20

Si tu hermano te hace algo malo, habla con él a solas y hazle reconocer su falta. Si te hace caso, ya has ganado a tu hermano.  Si no te hace caso, llama a una o dos personas más, para que toda acusación se base en el testimonio de dos o tres testigos.  Si tampoco les hace caso a ellos, díselo a la comunidad; y si tampoco hace caso a la comunidad, entonces habrás de considerarlo como un pagano o como uno de esos que cobran impuestos para Roma. Les aseguro que lo que ustedes aten aquí en la tierra, también quedará atado en el cielo, y lo que ustedes desaten aquí en la tierra, también quedará desatado en el cielo. Esto les digo: Si dos de ustedes se ponen de acuerdo aquí en la tierra para pedir algo en oración, mi Padre que está en el cielo se lo dará. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

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Mateo 16, 21-27

A partir de entonces Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que él tendría que ir a Jerusalén, y que los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley lo harían sufrir mucho. Les dijo que lo iban a matar, pero que al tercer día resucitaría. Entonces Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: ¡Dios no lo quiera, Señor! ¡Esto no te puede pasar!  Pero Jesús se volvió y le dijo a Pedro: ¡Apártate de mí, Satanás, pues eres un tropiezo para mí! Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres.  Luego Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame.  Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida? ¿O cuánto podrá pagar el hombre por su vida? Porque el Hijo del hombre va a venir con la gloria de su Padre y con sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno conforme a lo que haya hecho.

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LIBRES PARA AMAR SIN MEDIDA

Jesús nos enseñó con su ejemplo que la vida brota del servicio, la caridad, el sacrificio y de la renuncia. El grano no puede convertirse en fruto si no cae en tierra y muere. El Señor no nos pide un sufrimiento inútil (masoquismo), sino que, sin claudicar ante la dificultad y el sufrimiento, nos quiere libres para amar sin medida, logrando una mayor madurez y plenitud humana.
Después de amonestar la oposición del apóstol Pedro ante el anuncio de su pasión y muerte, el Señor nos dice que hay que negarse a sí mismo, cargar la cruz y seguirlo. "Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierda por mí, la encontrará". Perder la vida significa emplearla mal, desperdiciarla, viviendo sólo para sí con egoísmo. Ganar la vida es saber utilizarla para el bien, bus cando la salvación sin tener miedo de arriesgarlo todo por Jesús. Necesitamos optar siempre por lo que es bueno, justo y agradable a Dios, apreciando los valores del espíritu.
Asumir la cruz y la renuncia personal no es seguir una moral de esclavos ni un atentado a la autonomía, sino la liberación de nuestro yo egoísta y mezquino para abrirnos al servicio y a la solidaridad.
Lo que agrada a Dios es la actitud con que una persona asume las cruces que nacen de la fidelidad al seguimiento de Cristo, quien no eludió el sufrimiento, la muerte y la cruz. ¿Qué decir de los que rechazan el sacrificio, sacando de casa a los ancianos para evitar conflictos y vivir cómodamente? ¿Y de quienes suprimen la vida de los niños porque "estorban" la tranquilidad de sus progenitores? ¿De los insensibles ante los derechos de las personas y de los que buscan sólo el placer, el aplauso, el triunfo y el tener? ¿No estarán desperdiciando con esas actitudes su vida? J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, agosto 31 del año 2014

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Mateo 16, 13-20

Cuando Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?  Ellos contestaron: Algunos dicen que Juan el Bautista; otros dicen que Elías, y otros dicen que Jeremías o algún otro profeta. Y ustedes, ¿quién dicen que soy? les preguntó. Simón Pedro le respondió: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente. Entonces Jesús le dijo: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no lo conociste por medios humanos, sino porque te lo reveló mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a construir mi iglesia; y ni siquiera el poder de la muerte podrá vencerla. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que tú ates aquí en la tierra, también quedará atado en el cielo, y lo que tú desates aquí en la tierra, también quedará desatado en el cielo. Luego Jesús ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

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¿POR QUÉ TENEMOS MIEDO?

Todos experimentamos temores y angustias en nuestra vida. Sentimos miedo y desconfianza de nosotros mismos, de la gente, de la muerte, de nuestro destino; miedo a decidirnos o a equivocarnos. Y es ante el temor que escuchamos la voz cálida de Jesús, que nos dice: "Ánimo, yo estoy contigo, no tengas miedo".
Para creer en Dios, dice la Escritura, es importante desechar nuestras seguridades tan "razonables", dejar la tierra firme y caminar sobre las olas en medio de las tempestades de la vida. Jesús nos brinda una confianza y certeza superiores a toda seguridad humana y que no tienen nada que ver con las especulaciones de nuestro egoísmo. Cuando desaparecen de nuestra vida los signos de Dios o falla el amor, la amistad, la fidelidad, no hay respeto por la vida y la justicia; cuando el bien y la verdad desaparecen y nos golpea una enfermedad o un accidente, entonces surgen las crisis de fe, nos domina el miedo y aparece la desconfianza. En esas circunstancias es justo el momento en que debemos decir como Pedro:"¡Sálvame, Señor!".
¿Por qué hemos dudado? Nos pregunta Jesús. Y  respondemos: porque no tenemos la fe suficiente, y si somos sinceros, debemos confesar que hay una gran distancia entre el creyente que profesamos ser y el que somos en realidad.
Cuando un creyente, acosado por el miedo como Pedro, grita: "Sálvame, Señor", todo cambia en el fondo de su corazón y se despierta la confianza en Dios. Dios es la mano amiga que nadie puede quitarnos. La fidelidad y la misericordia de Dios están por encima de todo, incluso por encima de toda fatalidad o culpa. Lo importante es saber levantar nuestras manos hacia Dios como gesto de súplica y con entrega confiada.
Mateo nos describe hoy la verdadera fe al presentar a Pedro caminando sobre las aguas, acercándose a Jesús. Necesitamos apoyar nuestra existencia en Dios y no en nuestras propias razones o seguridades. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, agosto 10 del año 2014

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Romanos 8, 35.39

¿Quién nos podrá separar del amor de Cristo? ¿El sufrimiento, o las dificultades, o la persecución, o el hambre, o la falta de ropa, o el peligro, o la muerte violenta?

¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús nuestro Señor!

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