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¿A QUIÉN INVITO A MI MESA?

Jesús hoy se nos presenta como un hombre solidario que conoce el sufrimiento, el hambre y las aspiraciones del ser humano. Sabe que necesita alimento para su cuerpo y para su corazón. Por eso, al ver delante de si un numeroso grupo de personas que tienen hambre realiza ese maravilloso prodigio de la multiplicación de los panes.
Jesús no quiere calmar solamente el hambre físico, sino manifestarse también como el alimento que sacia todo tipo de hambre. Él es el pan vivo bajado del cielo.
En cada misa celebramos la “multiplicación de los panes”, donde Cristo se da como pan de vida para saciar el hambre de la comunidad y de toda persona.
Es urgente compartir más y mejor la fe, el amor, el pan y la riqueza del mundo, porque también hoy la gente tiene hambre y no sólo del pan material, sino hambre de autenticidad, de felicidad, de justicia, de paz, de dignidad, de derechos humanos; hambre de ternura y de amor auténtico.
Multiplicar hoy el pan para los pobres supone hacer primero el milagro de amar. Hay un pan que siempre todos podemos dar y que nadie rechaza: es el pan del amor.
Jesús no solamente sacó de pan material a aquellas personas hambrientas físicamente, sino que se entregó a sí mismo como alimento que sacia toda clase de hambre.
Jesús se compadeció de la gente extenuada y repartió en abundancia el pan del Reino a los pobres. Él invita también a su mesa eucarística a todos sus hijos como hermanos que participamos del mismo pan familiar.
Sólo cuando reconocemos que nuestros bienes son don del Padre a la humanidad podemos ponerlos al servicio de nuestros hermanos. ¿A quiénes invito a mi mesa? ¿A quiénes excluyo y por qué? J.M

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, julio 26 del año 2015

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Marcos 14, 12-16.22-26

El primer día de la fiesta en que se comía el pan sin levadura, cuando se sacrificaba el cordero de Pascua, los discípulos de Jesús le preguntaron: ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? Entonces envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: Vayan a la ciudad. Allí encontrarán a un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo,  y donde entre, digan al dueño de la casa: “El Maestro pregunta: ¿Cuál es el cuarto donde voy a comer con mis discípulos la cena de Pascua?”  Él les mostrará en el piso alto un cuarto grande, arreglado y ya listo para la cena. Prepárennos allí lo necesario. Los discípulos salieron y fueron a la ciudad. Lo encontraron todo como Jesús les había dicho, y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían, Jesús tomó en sus manos el pan y, habiendo pronunciado la bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: Tomen, esto es mi cuerpo. Luego tomó en sus manos una copa y, habiendo dado gracias a Dios, se la pasó a ellos, y todos bebieron.  Les dijo: Esto es mi sangre, con la que se confirma la alianza, sangre que es derramada en favor de muchos.  Les aseguro que no volveré a beber del producto de la vid, hasta el día en que beba el vino nuevo en el reino de Dios. Después de cantar los salmos, se fueron al Monte de los Olivos.

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JESÚS NOS INVITA A SU MESA

En la institución de la Eucaristía Jesús realiza un signo profético de lo que ha sido toda su vida y de lo que está a punto de acontecer con su muerte: un pan que comparte, una existencia entregada por todos.
Jesús ha ido repartiendo el pan de su vida hasta su muerte. Ha compartido con la gente su pan, su vida, su fe. Ahora comparte su Cuerpo pan para la vida y su Sangre será el sello de la nueva alianza. Su despedida, triste y dolorosa, está llena de esperanza y en ella hay un más allá íntimamente vinculado con este mundo.
Podemos preguntarnos cómo y con quiénes compartimos la mesa de nuestra vida, de nuestro tiempo, de nuestra amistad, nuestros bienes; a quiénes excluimos y por qué.
La Eucaristía es ocasión para convertir en bendición y agradecimiento al Señor por todo lo que somos y tenemos.
Corpus Christi es una fiesta de alianza con el Señor, en la que hacemos memoria de su compromiso de amor y entrega; una fiesta en la que recordamos que la celebración cristiana va unida a la justicia. Jesús se nos da como alimento en una nueva alianza para darnos vida. Jesús se nos ofrece bajo las especies de pan y de vino para que calmemos nuestra sed y nuestra hambre de tantas aspiraciones y deseos.
Cada Eucaristía nos debe recordar el pecado y la injusticia de nuestra sociedad donde hay tantos pobres y excluidos, tantos niños con hambre, tantos enfermos. No hacerlo sería olvidarnos del amor fraterno y de la comunidad. Debemos compartir la mesa de Jesús desde la dignidad, pues no podemos recibir al Señor desde la indiferencia o la violencia. Una conciencia delicada, el respeto al prójimo, la cordialidad y el perdón deben acompañarnos al recibir a Jesús. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, junio 7 del año 2015

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Mateo 22, 1-14

Jesús comenzó a hablarles otra vez por medio de parábolas. Les dijo: Sucede con el reino de los cielos como con un rey que hizo un banquete para la boda de su hijo.  Mandó a sus criados que fueran a llamar a los invitados, pero éstos no quisieron asistir.  Volvió a mandar otros criados, encargándoles: “Digan a los invitados que ya tengo preparada la comida. Mandé matar mis reses y animales engordados, y todo está listo; que vengan al banquete.”  Pero los invitados no hicieron caso. Uno de ellos se fue a sus terrenos, otro se fue a sus negocios,  y los otros agarraron a los criados del rey y los maltrataron hasta matarlos.  Entonces el rey se enojó mucho, y ordenó a sus soldados que mataran a aquellos asesinos y quemaran su pueblo.  Luego dijo a sus criados: “El banquete está listo, pero aquellos invitados no merecían venir.  Vayan, pues, ustedes a las calles principales, e inviten al banquete a todos los que encuentren.”  Los criados salieron a las calles y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y así la sala se llenó de gente. Cuando el rey entró a ver a los invitados, se fijó en un hombre que no iba vestido con traje de boda.  Le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí, si no traes traje de boda?” Pero el otro se quedó callado.  Entonces el rey dijo a los que atendían las mesas: “Átenlo de pies y manos y échenlo a la oscuridad de afuera. Entonces vendrán el llanto y la desesperación.”  Porque muchos son llamados, pero pocos escogidos.

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INVITADOS A LA FIESTA DE BODAS

En un banquete de bodas abunda la comida, la bebida y hay gran alegría por los deseos cumplidos de los nuevos esposos. Al banquete de la parábola que Jesús nos presenta hoy fueron invitadas varias personas que por diversas razones se excusaron para no asistir; incluso maltratan y asesinan a los mensajeros del rey, quien destruye la ciudad e invita a otros comensales.
El Reino de Dios es una fiesta a la cual estamos invitados y cuyas puertas se abren para todos. Infortunadamente abundamos en excusas y por la ceguera de nuestros intereses nos autoexcluimos de la fiesta. Tal negativa a Dios es negación al amor ya la fraternidad.
Para entrar al banquete se necesita un traje especial que comporta convertir la mente, el corazón y la vida; implica tener alma de pobres, libre de esclavitudes y estar disponibles para enjugar las lágrimas de los adoloridos. “Dios colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos” (Lc 1, 53).
Dios está siempre dispuesto a cubrirnos con el vestido nuevo del hijo pródigo que es su amor de Padre, su perdón y a contarnos entre sus elegidos. La invitación de Dios es insistente, pero muchas veces la rechazamos por andar tan ocupados en nuestras cosas: negocios, viajes, placeres, intereses. Es una invitación que otras personas sencillas y pobres están acogiendo con gozo en los cruces de los caminos de nuestra vida.
La Eucaristía es el banquete del Reino que anticipa el festín mesiánico. Por eso nuestras eucaristías no deben ser monótonas, tristes o pesadas, sino alegre participación en la fiesta de Dios y de los hermanos. ¡Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero! El Señor nos reserva un puesto de honor en la vida y en la mesa fraternal del banquete de su Reino donde el cuerpo de Cristo es nuestro pan. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, octubre 12 del año 2014

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EL PAN QUE NADIE RECHAZA: EL AMOR

Jesús dijo a sus discípulos:"En vez de despedir a la gente, denles ustedes de comer". Y hoy Jesús nos presenta el mismo desafío. Pero, ¿podemos multiplicar el pan para los pobres por arte de magia o por fe? Lo que ciertamente no podemos hacer es renunciar a multiplicar el amor y la fraternidad en nuestro alrededor mediante el compartir.
No podemos olvidar que la mejor oferta del pan que nadie rechaza, porque no humilla, es el amor y el respeto de la dignidad de la persona cuando se siente aceptada tal como es. Éste es quizá el pan que más se necesita y que siempre nos es posible dar.
Y hay muchas clases de hambre y de privación: hambre de alimento, de trabajo y vivienda, de dignidad, de cultura, de justicia, de paz, de estima, de afecto y libertad. El hombre siente hambre de absoluto, de plenitud, hambre de Dios, en definitiva. Y las personas hambrientas hoy día son también los ancianos solitarios, los enfermos terminales, los niños sin familia, las madres abandonadas, los drogadictos, etc.
Jesús no se quedó en la mera compasión por quienes lo seguían desde hacía tres días, no se contentó con saciar el estómago de la gente que lo buscaba y escuchaba. Consciente de que no sólo de pan vive el hombre, se les entregará personalmente, porque sólo Él es el pan de vida que sacia definitivamente el hambre y la sed del ser humano.
El milagro de la multiplicación, además de signo de los tiempos mesiánicos; apunta al sacramento de la Eucaristía como alimento del nuevo pueblo de Dios y preanuncia el banquete del Reino inaugurado ya en la persona, obra y mensaje de Jesús.
Nuestras eucaristías no deben ser sólo una presencia pasiva y aislada, o solo cultual, sino celebración comunitaria, dinámica, auténtica, prefigurada en la multiplicación de los panes y peces por Jesús. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, agosto 3 del año 2014

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