Romanos 8, 26-27

De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Porque no sabemos orar como es debido, pero el Espíritu mismo ruega a Dios por nosotros, con gemidos que no pueden expresarse con palabras.  Y Dios, que examina los corazones, sabe qué es lo que el Espíritu quiere decir, porque el Espíritu ruega, conforme a la voluntad de Dios, por los del pueblo santo.

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¿SEMBRAMOS TRIGO BUENO O CIZAÑA?

Ante la evidencia de que junto a la semilla buena  ha crecido cizaña, sembrada por el maligno, el amo de la finca invita a esperar, sin precipitarse, para tomar la decisión de arrancarla o no, pues cortando la cizaña se podía arruinar el trigo.
El que siembra la buena semilla es Jesucristo, la buena semilla son los hijos de Dios, la cizaña son los partidarios del mal; el enemigo es el maligno; la cosecha es el fin del tiempo y los segadores los ángeles. El trigo y la cizaña representan la realidad humana que lucha dentro de nuestro propio corazón.
Nadie es tan bueno que no tenga algo de cizaña, ni puede presumir de ser enteramente trigo limpio, pues solamente Dios es santo.
Hay tiempo para la conversión y la misericordia. Frente a la impaciencia de quienes no pueden ver juntos el bien y el mal, está la paciencia y la esperanza. No precipitemos los juicios, no nos erijamos en jueces definitivos ni sembremos cizaña haciendo daño o denigrando a nuestros hermanos, no destruyamos lo que otros han construido con esfuerzo. El problema de la maldad ha preocupado siempre a la humanidad. ¿Cómo puede Dios permitir tanta desgracia entre personas inocentes? El campo de la historia humana es una mezcla de buena y mala semilla.
La presencia del mal no es como una ciega e inevitable fatalidad. ¡Un enemigo sembró la cizaña mientras el dueño dormía! Hay causas, decisiones, opciones históricas y humanas.
Jesús hoy nos dice que es necesario ser cautos y pacientes; que no debemos convertirnos en jueces, ya que el juicio corresponde, en última instancia, a Dios. El juicio final sirve para asegurar que la destrucción del mal llegará realmente un día. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, julio 20 del año 2014

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Isaías 55, 10-11

Así como la lluvia y la nieve bajan del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, y producen la semilla para sembrar y el pan para comer, así también la palabra que sale de mis labios no vuelve a mí sin producir efecto, sino que hace lo que yo quiero y cumple la orden que le doy.

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NO CERRAR EL CORAZÓN A LA PALABRA

A pesar de los aparentes fracasos de la siembra de la semilla, la eficacia de la Palabra de Dios está asegurada, pues la tierra fértil compensa con creces la esterilidad del camino, el pedregal y las zarzas.
Hay tantos terrenos en el corazón de cada uno de nosotros que acogen o rechazan el mensaje de Jesús y que simbolizan nuestra aceptación, o indiferencia ante él.
La iniciativa de Dios que ofrece al hombre su semilla, espera el buen fruto de ésta, pero respeta la libertad del hombre. Preguntémonos, pues, qué clase de terreno somos, qué clase de fruto damos. ¿Acojo la Palabra y la hago norma de vida? ¿Soy indiferente? ¿La rechazo y por qué? La respuesta debe salir del corazón. Cristo fue el primer grano de trigo que muriendo en el surco dio una cosecha espléndida de vida y resurrección.
Ojalá las voces de este mundo que nos seducen a encontrar una felicidad caduca no nos distraigan, ni la terquedad ni el egoísmo o la soberbia nos conviertan en terreno infecundo. Ojalá no seamos áspero sendero, duro pedregal o zarzas inhóspitas, sino terreno fértil que hace fructificar el ciento por uno: amor, constancia, servicio y conversión continua.
El "maligno" o personificación del mal, que es el verdadero enemigo del Reino y de Jesús, cuando entra en nuestro corazón lo vuelve receloso, cerrado, despiadado, interesado y no puede hacer el bien. El egoísmo y el entusiasmo superficial, son actitudes incompatibles con el Reino. Este sólo puede crecer en el terreno de la apertura y la disponibilidad.
Jesús sufrió la amargura de la incomprensión y la falta de resultados, pero estaba convencido de que su palabra no podía quedar estéril, sino ser semilla de vida fecunda. Ojalá sepamos acoger lo que la palabra de hoy nos revela y sepamos hacerla fructificar al ciento por uno. J.M.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, julio 13 del año 2014

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Mateo 11, 28-30

Vengan a mí todos ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y yo los haré descansar. Acepten el yugo que les pongo, y aprendan de mí, que soy paciente y de corazón humilde; así encontrarán descanso. Porque el yugo que les pongo y la carga que les doy a llevar son ligeros.

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La humildad, signo del cristiano

La sabiduría de Dios se contrapone con la "sabiduría" humana que, teniendo como paradigma el concepto occidental, la compara con el conocimiento y manejo de contenidos que una persona posee y que, en muchos de los casos, sirve para humillar y pisotear a los humildes y sencillos.
Para Dios la humildad y la sencillez constituyen los valores fundamentales que deben adornar a las personas, porque estás cualidades las vuelven más abiertas a la revelación de Dios y su mensaje de salvación y esperanza. El profeta Zacarías destaca la humildad del gobernante, y confirma la protección de Dios hacia la gente sencilla que busca por todos los medios acabar con la violencia y construir en la sociedad la justicia y la igualdad.
La prepotencia y soberbia de los que se creen sabios (o entendidos) no permiten construir relaciones pacíficas e igualitarias. Estas personas, dice el Apóstol, son aquellas que no poseen el Espíritu de Cristo, y, por lo tanto, no son aún cristianos y están esclavizados por el instinto, destinados a la muerte. Pero los que se dejan habitar por el Espíritu de Cristo, son libres, viven alegres y son capaces de reconocer en los demás el rostro humano y cercano de Dios, que revela las cosas "a los pequeños".
"Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra", debe ser la oración diaria de quien se siente comprometido con el anuncio del mensaje de salvación y esperanza a todos aquellos que la sociedad del consumo y la apariencia los ha dejado un lado. No se puede construir verdaderas relaciones humanas si no actuamos con humildad y sencillez. La soberbia se convierte en una carga que desgasta la vida y no permite acercarse al Señor para ser aliviados y confortados por Él. P. Z.
Vengan a mí todos los que están rendidos y agobiados, que yo los aliviaré.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, julio 06 del año 2014

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Mateo 16, 17-19

Entonces Jesús le dijo:

Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no lo conociste por medios humanos, sino porque te lo reveló mi Padre que está en el cielo.  Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a construir mi iglesia; y ni siquiera el poder de la muerte podrá vencerla.  Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que tú ates aquí en la tierra, también quedará atado en el cielo, y lo que tú desates aquí en la tierra, también quedará desatado en el cielo.

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Apóstoles de la verdad

La Iglesia celebra con gozo la fiesta de san Pedro y san Pablo, dos dimensiones inherentes a la fe e irrenunciables para el cristiano. El uno representa la estabilidad que ofrece la tradición y el otro simboliza el empeño misional y la apertura del Evangelio a nuevos ambientes humanos y culturales. No en vano la liturgia los presenta en paralelo. Ambos en situaciones críticas, pero fortalecidos y liberados por Dios para llevar su mensaje a todos los pueblos.
Las persecuciones sufridas por los apóstoles de ayer y de hoy confirman, por un lado, la fidelidad de la misión evangelizadora que el Maestro resucitado nos encomendó, y, por otro lado, la autenticidad del ministerio evangelizador que desenmascara los sistemas de opresión y de muerte que rigen a la sociedad y el mundo. Pero, sobre la roca humana y firme de Pedro y la tenacidad y perseverancia de Pablo, el Señor construyó su Iglesia, de modo que resista los ataques de las fuerzas opuestas al proyecto de Dios y se constituya en germen y servidora del Reino.
Con el martirio de estas insignes columnas de la Iglesia de Cristo, de la cual nosotros somos piedras vivas, nos sentimos obligados a continuar con la misión de anunciar el Evangelio de Cristo muerto y resucitado a hombres y mujeres de todos los tiempos, sin distinción de raza, cultura o nacionalidad. Que la sangre derramada por estos apóstoles, que interpretaron bien el mensaje de Cristo:"Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura", sea la fuerza y la inspiración que nos anime a realizar nuestra misión con pasión y radicalidad, denunciando las injusticias y proclamando la paz, llevando el mensaje de vida en medio de una sociedad que propone la "cultura de la violencia y de la muerte", y, en especial, siendo comunicadores de la "verdadera caridad" que sólo puede transmitir quien vive a Cristo en el lugar en el cual se desenvuelve. P. Z.
Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, junio 29 del año 2014

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Deuteronomio 8, 11-16

Tengan cuidado de no olvidarse del Señor su Dios. No dejen de cumplir sus mandamientos, decretos y leyes que les he ordenado hoy. Cuando hayan comido y estén satisfechos, y vivan en las buenas casas que hayan construido, y vean que sus vacas y ovejas han aumentado, lo mismo que su oro y su plata y todas sus propiedades, no se llenen de orgullo ni se olviden del Señor su Dios, que los sacó de Egipto, donde eran esclavos; que los hizo marchar por el grande y terrible desierto, lleno de serpientes venenosas y escorpiones, y donde no había agua. Pero él sacó agua de una dura roca y les dio de beber, y en el desierto los alimentó con maná, comida que los antepasados de ustedes no habían conocido, para humillarlos y ponerlos a prueba, y para bien de ustedes al fin de cuentas.

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Jesús, el verdadero pan de vida

La expresión "Cuerpo y Sangre de Cristo" se refiere a la Eucaristía, sacramento del cuerpo y sangre del Señor, presente bajo los signos sacramentales del pan y del vino. Pero "cuerpo y sangre de Cristo" es también la Iglesia, comunidad de fieles que creen en Jesucristo.
 Jesús cumplió su promesa al decirnos: "El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida". Jesús se convierte en nuestro alimento para darnos ánimo y nuevas fuerzas.
El pan eucarístico es el nuevo maná del nuevo pueblo de Dios que camina por el desierto de nuestra vida. Es el pan que compartimos en la mesa del Señor y que une a todos los cristianos en el cuerpo de Cristo. El pan es uno y aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo porque comemos del mismo pan. La Eucaristía está pidiendo siempre la unión, el amor fraterno, la solidaridad y la unidad del grupo. Es imposible celebrar dignamente la Eucaristía sin comunidad de amor.
Corremos el riesgo de que algunas eucaristías queden en el solo cumplimiento de un rito y no en celebrar y manifestar nuestra fe, en dar gracias al Señor, alabar su gloria, escuchar y meditar la Palabra, compartir el pan y vivir como amigos que se encuentran y se comunican. Si somos hermanos que se reúnen en familia no podemos aceptar el anonimato. Dios quiere habitar entre nosotros, sus hijos. Hagámosle sitio en nuestras familias, comunidades y parroquias, abiertas a la comunicación del amor y a la solidaridad con los necesitados.
Alimentémonos de Cristo y de su Palabra, de ese pan que nos sacia en la Eucaristía y sepamos ser pan para nuestros hermanos. Hay un alimento que nadie rechaza y que todos podemos dar que es el pan del amor. J. M.
El que come mi carne y bebe mí sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Tomado de: SEMANARIO LITÚRGICO CATEQUÉTICO, junio 22 del año 2014

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